martes, 20 de marzo de 2018

Ramón Vinyes, “el viejo maestro y librero catalán”, que le prestara 10 pesos. Solo tenía seis y se los dio. Cuando se los devolvió, el viejo maestro se emocionó.

A Gabriel García Márquez le faltaba un mes para cumplir los 23 años y vivía en Barranquilla, donde colaboraba en el diario El Heraldo, cuando su madre, Luisa Santiaga Márquez, le pidió que la acompañara a Aracataca para vender la casa de sus padres, el coronel Nicolás Márquez, Papelopara sus nietos, y Tranquilina Iguarán. Gabo, o Gabito, como le llamaban familia y amigos, no tenía ni un centavo. Le pidió a su admirado Ramón Vinyes, “el viejo maestro y librero catalán”, que le prestara 10 pesos. Solo tenía seis y se los dio. Cuando se los devolvió, el viejo maestro se emocionó.
“Luisa Santiaga tenía 45 años. Sumando sus once partos, había pasado casi diez años encinta”, cuenta García Márquez en sus memorias, Vivir para contarla (Mondadori, 2002).
La única manera de llegar a Aracataca desde Barranquilla “era una destartalada lancha a motor por un caño excavado a brazo de esclavo…”, luego, un tren fantasmal. “Hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo”.
La familia había llegado a Aracataca 17 años antes del nacimiento de Gabo, “cuando empezaban las trapisondas de la United Fruit Company para hacerse con el monopolio del banano”. El abuelo había huido de Barrancas perseguido por el remordimiento: había matado a un hombre en un lance de honor. “Fue el primer caso de la vida real que me revolvió los instintos de escritor y aún no he podido conjurarlos. Desde que tuve uso de razón me di cuenta de la magnitud del peso que aquel drama tenía en nuestra casa, pero los pormenores se mantenían en la bruma”.

miércoles, 7 de marzo de 2018



Luisa Santiaga Marquez Iguarán, madre del escritorGabriel José García Márquez nació en Aracataca, departamento del Magdalena, el 6
de marzo de 1927. Es el mayor de los once
hijos de Gabriel Eligio García Martínez y de Luisa Santiaga Márquez Iguarán, la hija del coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, uno
de los personajes más reputados del lugar. Gabriel Eligio y Luisa Santiaga debieron casarse en Santa Marta y radicarse luego en Riohacha, tras un amor contrariado por los padres de ella. Al reconciliarse las dos familias, Luisa Santiaga retornó a Aracataca y dio a luz a su primogénito en casa de sus padres.
Las peripecias de este noviazgo darían origen, sesenta años después, a la novela El amor en los tiempos del cólera. El pequeño Gabriel José, conocido familiarmente desde entonces como Gabito, se quedó con sus abuelos en Aracataca, mientras sus padres se radicaban en Barranquilla, donde Gabriel Eligio se dedicó a la farmacia y a la homeopatía.


El abuelo Nicolás había participado como coronel en la guerra civil de los Mil Días (1899-1902), en las filas del general liberal Rafael Uribe Uribe. Éste será uno de los modelos, junto a aquél, del coronel Aureliano Buendía. En octubre de 1908 ocurrió un hecho que tendría consecuencias definitivas en la vida del abuelo y en la obra de su nieto: el coronel dio muerte en un duelo, por un asunto de honor, a su copartidario Medardo Pacheco Romero. La persecución de los familiares de éste obligó al abuelo a emigrar a Riohacha, Santa Marta y Aracataca, donde se asentó con su familia y, mientras seguía ejerciendo de joyero, se empleó como colector departamental y tesorero municipal. De las secuelas de aquella tragedia personal («tú no sabes lo que pesa un muerto», le confesaría al nieto) y del relato de sus peripecias en la guerra civil, surgiría el interés del escritor por los temas de la muerte y la guerra.El abuelo de Gabriel García MárquezNicolás Márquez fue el personaje fundamental de la infancia del escritor; solía contarle historias y enseñarle el mundo circundante: las plantaciones de banano, los sobrevivientes de la guerra, los efectos de la explotación bananera, la matanza de los trabajadores de la United Fruit Company, ocurrida a manos del ejército en la estación ferroviaria de la vecina Ciénaga, en diciembre de 1928. Un día lo condujo de la mano al comisariato de la compañía bananera, hizo abrir una caja de pargos congelados y le enseñó el hielo.
La evocación de esta imagen, que recuerda una experiencia similar de Rubén Darío en su infancia, daría origen a Cien años de soledad. La relación con el abuelo no sólo le aportó el afecto y seguridad de que gozó en su infancia, sino una dimensión narrativa, épica y reveladora del mundo. La relación con la abuela y las tías, aunque igualmente dentro de una dimensión narrativa, supuso, por el contrario, una visión hogareña, intimista y fantasmagórica de la vida. Tranquilina Iguarán Cotes, una guajira descendiente de gallegos, se movía en un mundo de fronteras difuminadas entre vivos y muertos, y sólo éstos merecían la atención de sus relatos. Entre las numerosas tías del escritor, destaca Francisca Simodesea Mejía, quien prácticamente lo crió y le transmitió una visión esmerada de la cultura folclórica.


Mientras el niño crecía con sus abuelos y tías en la casona amplia y fantasmagórica, la misma que el escritor recuperaría en La hojarasca Cien años de soledad, Aracataca era un hervor babélico en el cual confluían inmigrantes de diversas culturas y nacionalidades atraídos por la explotación bananera.Muchos de estos personajes darían origen a otros tantos de La hojarasca, Los funerales de la Mamá Grande Cien años de soledad.
La primera expresión artística del niño Gabito fue el dibujo; luego, a los ocho años, cuando aprendió a leer y a escribir de la mano de su maestra Rosa Elena Fergusson, empezó a sentirse atraído por los autores del Siglo de Oro que le oía declamar a ésta en la escuela Montessori. La formación literaria de García Márquez sería esencialmente poética hasta los veinte años, a pesar de que a los nueve tuvo lugar la lectura más deslumbrante de su vida: la de Las mil y una nochesque supuso de alguna manera una confirmación y una ampliación de los relatos fantasmagóricos de la abuela Tranquilina Iguarán Cotes. Por la puerta que le señaló Scherezada, el niño siguió leyendo a los grandes autores de aventuras: Emilio Salgari, Julio Verne, Alejandro Dumas y los hermanos Grimm.


Cuando, después de la muerte del abuelo en 1937, García Márquez salió de Aracataca para vivir con sus padres en Barranquilla, contaba diez años y llevaba en su memoria los hechos, lugares, personajes e historias esenciales que habrían de nutrir gran parte de sus cuentos y novelas. Por eso, tras la publicación de Cien años de soledad, diría, como Proust, que todo lo que había escrito hasta entonces lo conocía ya a los ocho años.La revista «Juventud» donde empezó a escribir García MárquezAl terminar la primaria en la escuela Cartagena de Indias de Barranquilla, en 1940 comenzó los estudios de secundaria en el colegio jesuíta de San José. Al calor de la revista del colegio y del ambiente intelectual y literario propiciado por los jesuítas, escribió sus primeras prosas y versos: «Crónicas de la Segunda División», «Instantáneas de la Segunda División», «Desde un rincón de la Segunda» y «Bobadas mías». Publicadas en la revista Juventud y firmadas con los nombres de Capitán Araña, Gabito y Gabriel García. Estas primeras prosas y versos sólo pretendían ser humoradas, con las que ejercía el mamagallismo costeño con sus condiscípulos y criticaba el ambiente monacal del colegio. A pesar de ser ya un lector ensimismado, el adolescente Gabriel se sentía todavía más inclinado hacia el dibujo y la pintura: fue el encargado de las ilustraciones de la revista Juventud durante esos años.


En enero de 1943, la situación económica de su familia lo obligó a buscar otros horizontes, y se embarcó por el río Magdalena hasta llegar a Bogotá, para presentarse al concurso nacional de becas del Ministerio de Educación. Gracias a la beca obtenida pudo continuar el bachillerato, como interno, en el Liceo Nacional de Varones de la vecina Zipaquirá, donde llegó a empaparse de la diversidad cultural del país. La soledad y el frío de los Andes lo empujaron al encierro y a la lectura. Fue entonces cuando empezó a consolidarse su vocación de escritor. En ello jugaron un papel destacado su profesor de literatura Carlos Julio Calderón Hermida y el poeta Carlos Martín, el miembro más joven de la generación llamada de Piedra y Cielo.El poeta Carlos Martín, rector del Liceo Nacional de ZipaquiráCarlos Martín, rector del Liceo Nacional de Varones durante 1944, aportó un aire de renovación y le otorgó a la literatura un lugar de preferencia frente a las otras materias. Impuso la lectura de las grandes novelas (Madame Bovary, Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, La montaña mágica) en las horas previas al sueño y les habló a sus alumnos de la importancia de los modernistas americanos y de los piedracielistas colombianos. Hizo hincapié, sobre todo, en la vida y en la obra de Rubén Darío, que tendría una influencia notable en García Márquez, e invitó a los jefes de Piedra y Cielo a que lo visitaran en Zipaquirá.
Con motivo de esta visita, el joven García Márquez no sólo tuvo ocasión de conocer a Eduardo Carranza y a Jorge Rojas, sino que escribió a cuatro manos el primer reportaje de su vida, publicado en la Gaceta Literaria, órgano de expresión del grupo de «Los Trece», al cual pertenecía él mismo. Eduardo Carranza, que dirigía entonces el suplemento literario de El Tiempo de Bogotá, le publicó, a finales de aquel año, un poema piedracielista titulado «Canción», que, aunque firmado con el pseudónimo de Javier Garcés, puede considerare la primera publicación literaria de García Márquez. Durante ese mismo año, apareció en la misma Gaceta Literaria el primer texto lírico con cierta intención creativa que se conoce del escritor: «El instante de un río».


Por entonces escribió también, de la mano de su profesor de literatura Carlos Julio Calderón Hermida, su primer cuento. Lector y hacedor de poemas modernistas y piedracielistas, Calderón Hermida se encargó, sin embargo, de encaminar a su alumno por el rumbo de la prosa. Fue así como, hacia finales de cuarto de bachillerato, García Márquez leyó en clase su primer cuento, «Sicosis obsesiva», título que refleja la influencia de las lecturas de Freud de esa época. Con un gran acerbo de lecturas, una buena cosecha de poemas piedracielistas («La espiga», «La muerte de la rosa», «Soneto a una colegiala ingrávida», «Si alguien llama a tu puerta», «Tercera presencia del amor»); un excelente dominio del dibujo y la convicción de que algún día sería poeta, García Márquez terminó el bachillerato en Zipaquirá a finales de 1946 como el número uno de su promoción.Hoja de matrícula donde aparece inscrito Gabriel García MárquezDurante los cuatro años que permaneció en Zipaquirá y el año que estuvo en Bogotá estudiando Derecho en la Universidad Nacional, donde se matriculó en febrero de 1947, García Márquez hizo diez viajes de ida y vuelta por el río Magdalena, experiencia que le permitió ampliar su conocimiento de Colombia y que más tarde le serviría para ambientar parte de sus novelas. Más que la carrera de Derecho, le interesaron entonces las lecturas y el intercambio literario con sus compañeros de universidad, así como la vida social y cultural que se vivía en los cafés literarios de la carrera 7ª.
A veces, cuando no tenía con quien hablar o un café donde refugiarse del frío, se subía a un tranvía y, mientras éste le daba vueltas a la ciudad, García Márquez leí la poesía universal y castellana.


Con todo, fue Kafka quien le aportó la luz y el impulso necesarios para convertirse en narrador. Una tarde de mediados de agosto de l947, leyó La metamorfosis en la pensión donde estaba alojado. El relato del autor checo, en la traducción de Jorge Luis Borges, lo devolvió a la veta narrativa de su abuela Tranquilina, mostrándole de paso la naturaleza y las reglas del arte de narrar. Al día siguiente escribió «La tercera resignación», el primer cuento de Ojos de perro azul que Eduardo Zalamea Borda le publicó en el suplemento «Fin de Semana» del periódico El Espectador, el 13 de septiembre de 1947. Tras publicarle el segundo cuento, Zalamea Borda saludó públicamente, desde su columna diaria en El Espectador, la aparición de «un ingenio nuevo, original, de vigorosa personalidad».Revista «La Gaceta» del Liceo Nacional de Zipaquirá donde colabora el escritorPoco después, el 9 de abril de 1948, tuvo lugar el bogotazo que desencadenó la ola de violencia que ensangrentó el país durante diez años, como consecuencia del asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán. La destrucción de la capital y el cierre de la Universidad Nacional lo obligaron a regresar al Caribe. En la Universidad de Cartagena terminó segundo de Derecho y cursó tercero, aunque sin aprobarlo. Hasta ahí llegaron sus estudios universitarios. La verdad es que ya la universidad no le hacía falta: él quería ser escritor y trabajar en el periodismo.
Gracias al apoyo del periodista Clemente Manuel Zabala, ingresó como redactor y columnista en el diario El Universal de Cartagena, a la vez que seguía escribiendo y publicando en El Espectador los cuentos de Ojos de perro azul.


Pronto García Márquez hizo amistad con los escritores e intelectuales de la ciudad, especialmente con Héctor Rojas Herazo y Gustavo Ibarra Merlano, con quienes leyó y comentó las obras de Homero, Sófocles, los clásicos del Siglo de Oro, Hermann Melville, Nathaniel Hawthorne, William Faulkner y Virginia Woolf. Al calor del reencuentro con su tierra caribe y al impulso de estas lecturas, especialmente de La casa de los siete tejados, Moby Dick, Mientras agonizo, La señora Dalloway, Antígona y Edipo Rey, empezó a escribir, a mediados de l948, La casa, una novela que pretendía abarcar todo el mundo de la casa natal, de su infancia, de sus abuelos, de Aracataca y del Caribepero luego la abandonó al darse cuenta de que era una obra muy ambiciosa para su escasa experiencia literaria. Entonces, mientras hacía periodismo y escribía algunos cuentos, se puso a escribir La hojarasca, su primera novela, que es una derivación del tronco común en que se convirtió el proyecto de La casa. De ésta saldrían también más tarde El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora, Los funerales de la Mamá Grande y Cien años de soledad.En La hojarasca no sólo aparece por primera vez bosquejado el pueblo mítico de Macondo, cuyo referente real es Aracataca, sino que está prefigurado todo el universo literario de García Márquez hasta Cien años de soledad. Con esta novela el escritor se convirtió, a los 22 años, en un creador y en un narrador original enraizado en su cultura caribe, al mismo tiempo que nace en él un periodista de vigorosa personalidad, cuyos primeros artículos y comentarios quedan registrados en El Universal, entre mayo de l948 y diciembre de 1949.


Mientras residió en Cartagena, García Márquez estuvo en contacto permanente con los escritores e intelectuales de Barranquilla, la ciudad más próspera y activa del Caribe colombiano en ese momento. Su amistad con Álvaro Cepeda Samudio, los periodistas Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas y el pintor Alejandro Obregón, entre otros, sin duda favoreció su desarrollo intelectual. El Grupo de Barranquilla estaba vertebrado por el escritor José Félix Fuenmayor y el dramaturgo y narrador catalán Ramón Vinyes, a quien García Márquez incluiría en Cien años de soledad como «el sabio catalán». En realidad, Vinyes guiaba las lecturas y comentaba los textos de sus amigos y pupilos, haciéndoles hincapié en los escritores que había que leer, sin perder nunca de vista a los clásicos griegos y latinos, especialmente a Homero. Fue él quien le recomendó que escribiera como hablaba. Asimismo, al colombiano le fue provechosa la idea pregonada por el catalán de crear la aldea genuina donde cupieran cifradas la geografía, la historia y la cultura de América: es el mismo Macondo mítico que ya García Márquez venía intentando perfilar desde La hojarasca.Restos de la casa de Gabriel García Márquez en AracatacaCon sus amigos del Grupo de Barranquilla compartió proyectos como Crónica,semanario que García Márquez dirigió con Alfonso Fuenmayor y armó él solo, desde abril de 1950 hasta enero de 1951.
Crónica daba cabida a los relatos, poemas y artículos de los miembros del grupo. El mismo García Márquez publicó allí los tres mejores cuentos de Ojos de perro azul: «La mujer que llegaba a las seis», «La noche de los alcaravanes» y «Alguien desordena estas rosas». Estos tres relatos no sólo muestran a un García Márquez maduro, cuya imaginación se nutre del mundo cultural del Caribe, sino que marcan el comienzo del estilo sobrio y sugerente de El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora, Crónica de una muerte anunciada y El general en su laberinto. Es una influencia directa del cine neorrealista italiano, de la novela y el cuento policíacos y de la lectura de autores como Camus, Hemingway, Capote y Dos Passos.


Durante los cinco años que residió en Barranquilla, el escritor regresó temporalmente a Cartagena e hizo algunos viajes a Aracataca, su pueblo natal, y a ciertos pueblos de los departamentos de El Cesar y La Guajira, que tuvieron consecuencias definitivas en su obra. Fue en Cartagena donde se enteró, por una carta de su madre, que los hermanos José Joaquín y Víctor Manuel Chica Salas habían asesinado en Sucre a su gran amigo Cayetano Gentile Chimento, por un asunto de honor, la mañana del 22 de enero de 1951. Este aciago suceso, con su entramado de casualidades, motivaciones y consecuencias, daría origen treinta años después a Crónica de una muerte anunciada (1981).Un mes después del asesinato de Cayetano Gentile, la familia de García Márquez decidió dejar Sucre e instalarse en Cartagena. Las dificultades económicas obligaron a su madre a vender la casa de Aracataca donde había nacido el escritor, y éste la acompañó con ese fin en marzo de 1952. El viaje le mostró que Aracataca, su gente y su pasado, sus padres y abuelos con sus venturas y desventuras, la explotación bananera de la United Fruit Company y la ruina y la soledad en que había quedado su pueblo, debían ser el venero primordial de su obra. Esta experiencia lo terminó de colocar, pues, de forma consciente en el camino que quince años después lo llevaría a Cien años de soledad. En este sentido fueron definitivos asimismo los viajes que, entre finales de 1952 y mediados de 1953, hizo por Valledupar, Villanueva, La Paz, San Juan del Cesar, Barrancas, Fonseca, Manaure, los pueblos de donde provenían su madre y sus abuelos, mientras vendía enciclopedias y libros de medicina. Su compañero y guía fue su compadre Rafael Escalona, el mítico compositor de música vallenata, quien en uno de esos pueblos le presentó a Lisandro Pacheco, el nieto del hombre a quien había matado el abuelo del escritor en un duelo. Las costumbres de las gentes, los mitos y leyendas que recogió en estos pueblos, así como las historias que le contaron los viejos coroneles de la guerra civil, se convirtieron, junto a las experiencias familiares y los hechos y los personajes de Aracataca, en el subsuelo más fértil de sus cuentos y novelas, especialmente de Cien años de soledad.


A su vuelta a Barranquilla trabajó unos meses como jefe de redacción del diario El Nacional, que dirigía su amigo Álvaro Cepeda Samudio, hasta que, a principios de 1954, se trasladó a Bogotá para trabajar en El Espectador, gracias a la mediación del poeta Álvaro Mutis. En el diario bogotano entró como redactor de planta y comentarista de cine. Con el éxito de «Balance y reconstrucción de la catástrofe de Antioquia», García Márquez comenzó su carrera de reportero estrella de El Espectador. Luego vinieron sus otros grandes reportajes: «El Chocó que Colombia desconoce», «De Corea a la realidad» y «La verdad sobre mi aventura», un relato en catorce entregas sobre el náufrago de la Marina de Guerra colombiana Luis Alejandro Velasco, que años después se reeditaría en libro con el título Relato de un náufrago (l971). La revelación de las verdaderas causas del naufragio (el exceso de mercancía de contrabando) le acarreó al reportero y a su periódico represalias políticas del régimen militar de Gustavo Rojas Pinilla, lo que aceleró poco después su salida del país.En mayo de 1955 publicó por fin La hojarasca y al poco tiempo El Espectador lo envió como corresponsal a Europa. Entonces ya era considerado uno de los mejores escritores colombianos del momento. Su encuentro con Europa fue en Ginebra, donde estuvo sólo una semana para cubrir la conferencia de los Cuatro Grandes: Eisenhower, Bulganin, Eden y Faure. La ciudad suiza le dejó referencias fructíferas que utilizaría décadas después en el primero de los Doce cuentos peregrinos (1992). De Ginebra viajó a Italia a cubrir la XVI Exposición de Arte Cinematográfico de Venecia, y luego se trasladó a Roma para estudiar guión en el Centro Experimental de Cine. García Márquez apenas permaneció en el Centro, pues pronto se desentendió de los estudios a causa del ambiente puramente libresco y académico.


A finales de diciembre de este año se trasladó a París hasta que El Espectador fue cerrado por el gobierno de Rojas Pinilla a principios de 1956. Con el reembolso del billete de regreso se quedó en una buhardilla del Hotel de Flandre, en el Barrio Latino, donde se aplicó durante meses a la escritura de La mala hora (1962) y El coronel no tiene quien le escriba (1961). Durante el verano de 1957 viajó a Alemania Oriental, Hungría y la URSS en compañía de sus amigos Plinio Apuleyo Mendoza y Luis Villar Borda. A su regreso a París escribió una serie de reportajes sobre los países visitados bajo el título genérico de «90 días en la Cortina de Hierro» (1959), donde subyace una previsión de la caída del comunismo más de tres décadas después.Un hecho fundamental en su obra literaria fue la contemplación del cadáver embalsamado de Stalin en el mausoleo de la Plaza Roja de Moscú, pues en ese instante empezó a gestarse inconscientemente la figura del eterno y omnipresente dictador de El otoño del patriarca(1975). Esta génesis tuvo su complemento en los hechos que, en enero de l958, dieron origen en Caracas a la caída y fuga del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. En la revista caraqueña Momento, donde entró como redactor y reportero de la mano de su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, a finales de diciembre de 1957, García Márquez dio comienzo a su segunda etapa de grandes reportajes. A los tres meses de estar en Momento viajó a Barranquilla para casarse el 21 de marzo de 1958 con su novia de toda la vida, Mercedes Barcha Pardo, con quien tendría dos hijos: Rodrigo, nacido en Bogotá el 24 de agosto de 1959, y Gonzalo, que nacería en México el 16 de abril de 1962.


Gabriel García Márquez con Francisco Porrúa, editor de «Cien años de soledad»Tras el triunfo de la revolución cubana el 1 de enero de este año, García Márquez y Plinio Mendozaviajaron a La Habana para asistir, junto a periodistas e intelectuales de todo el mundo, a la «Operación Verdad», los juicios públicos mediante los cuales Fidel Castro juzgó a los criminales de guerra del depuesto dictador Fulgencio Batista. El escritor asistió con especial interés al juicio y condena a muerte de Sosa Blanco, y con esta experiencia bosquejaría años después una primera estructura de El otoño del patriarca. Durante los dos años siguientes se convirtió en corresponsal de Prensa Latina, la agencia de noticias de la Cuba revolucionaria.


Posteriormente viajó a México, donde se reencontró con Álvaro Mutis, que lo ayudó a ubicarse en la capital azteca. Allí se vio obligado a aceptar la dirección de las revistas Familia Sucesos para todos, dos publicaciones de acontecimientos de sangre y cotilleos familiares. Luego trabajó en las agencias de publicidad Walter Thompson y Stanton Pritchar and Wood, y más tarde se dedicó exclusivamente a escribir para el cine de la mano de algunos escritores y cineastas mexicanos, como Fernando Benítez, Vicente Rojo, Jomí García Ascot, María Luisa Elío, Emilio García Riera, Luis Alcoriza y Arturo Ripstein. En aquellos años desempolvó el viejo proyecto de La casa, la novela-río, y en 1965 empezó a escribir Cien años de soledad. Trabajando todos los días de nueve de la mañana a nueve de la noche, la tuvo concluida en septiembre de 1966, cuando la envió a la editorial argentina Sudamericana, que acaba de pedirle sus libros anteriores para reeditarlos. La novela se publicó en Buenos Aires el 30 de mayo de 1967 con un enorme éxito inmediato de crítica y de público. Tres meses después el escritor viajó a la capital argentina y fue testigo del fervor popular con que era leída su novela.Gracias al éxito de su novela mayor, el escritor pudo ver cumplido el sueño de dedicarse sólo y exclusivamente a escribir, para lo cual dejó México y, tras un corto viaje a Caracas, donde conoció a su colega Mario Vargas Llosa, Bogotá y Lima, se trasladó a Barcelona a finales de 1967.
En la ciudad condal escribió dos de sus libros más célebres: La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada(1972) y El otoño del patriarca (1975). Al término de esta novelaretornó a México, donde reside desde entonces, con estancias alternativas en Barcelona, París, La Habana, Bogotá y Cartagena de Indias. Al son de la publicación de la revista Alternativa, que fundó y dirigió de 1974 a 1979, volvió al periodismo militante sobre grandes temas y figuras mundiales: el golpe de Pinochet en Chile, los refugiados vietnamitas, la revolución angoleña y la intervención de los cubanos en África, la revolución sandinista, Omar Torrijos y algunos dirigentes de la resistencia a las dictaduras sudamericanas. Después de seis años de silencio como novelista, en 1981 publicó Crónica de una muerte anunciada, su novela más leída y apreciada después de Cien años de soledad. Cuando la academia sueca le concedió el Premio Nobel en 1982, hacía tiempo que García Márquez era el escritor más leído del momento.
 

Berenice Martínez, su primera novia en Zipaquirá

 Diners, en exclusiva, publicó la historia que se le olvidó incluir a Gabo, la de Berenice Martínez, su primera novia en Zipaquirá, donde el escritor cursó cuatro años de bachillerato.
Cincuenta y cinco años, ocho meses y cinco días después, Berenice Martínez recuerda:
“‘Ven, mi corazón te llama ¡ay¡ desesperadamente; ven, mi vida te reclama; ven que necesito verte…’, cantaba Rafael Arnedo, afuera, como dando una serenata casi diurna. Yo abría los postigos de la ventana y Rafa me decía: ‘Gabriel me invitó para que te cante y salgas a la ventana. Es que quiere hacerte una visita´. Decía eso y se despedía. Y entonces Gabriel me hacía la visita. Pasábamos las largas horas de Zipaquirá hablando con Gabito cosas agradables. Por ese tiempo yo vivía en Bogotá y esperaba ansiosa los fines de semana para encontrarme con él”.
También tuvieron que transcurrir once lustros para que Alberto Garzón, compañero de pupitre del premio Nobel en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, recordara: “Aquí muchas personas lo quisimos. Gabriel protestaba, era rebelde e izquierdista, pero también era muy romántico. Había una niña muy linda, de apellido Martínez, a quien muchos preten­dían, pero ella se la pasaba con Gabriel. Creo que fueron novios”. Ese comentario de Alberto Garzón fue la primera pista para emprender la búsqueda de la primera novia de Gabriel García Márquez.
García Márquez pasó los últimos años del bachillerato en el Liceo de Zipaquirá. De allí se escapaba para encontrarse con Berenice. Foto: Archivo particular.
Y allá lejos, en Pasadena, California, más cerca de Hollywood que de Aracataca o Zipaquirá, una mujer viuda de 75 años, la misma edad de García Márquez, lee un ejemplar en español de El amor y otros demonios, como una novia solitaria releyendo las cartas de amor que le escribieran en la lejana adolescencia: “Desde el día que empezó a escribir en los periódicos, y cada vez que aparece uno de sus libros, siempre que leo a Gabito recuerdo nuestros días en Zipaquirá”, anota Berenice, y con cierto pudor inocente aclara apresurada: “Como aún éramos casi niños, más que un noviazgo lo que tuvimos fue una profunda y bella amistad”.
Fue una amistad que arrancó el lunes 8 de marzo de 1943, el día que un joven feliz e indocumentado llamado Gabriel entró al colegio zipaquireño para cursar los últimos cuatro años de su bachillerato. A finales de 1946, cuando dejó la ciudad, dejaba atrás un fiel grupo de amigos y una novia que lo recuerdan como un muchacho muy simpático que dejaba la adolescencia en medio de poemas y cantos vallenatos.
Para García Márquez, Berenice era Bereca. Y la madre de su novia no era María Vélez de Martínez, sino María Velacha: “En la casa mi mamá y mis hermanas lo querían mucho. Y a mí me encantaba que las demás niñas me envidiaran porque andaba con él. Pero es que yo lo vi primero. Ibamos a tertulias o a melcochas bailables que organizaban en casa de Ignacita Franco y Elvira Lora. Y charlábamos mucho. Gabito era un espectáculo hablando, nunca he escuchado a nadie cosas tan bonitas como las que decía él”.
“Siento que Bereca va a venir”
La última vez que Berenice supo de García Márquez fue el 11 de septiembre de 1947, cuando murió su padre, el maestro Martínez, célebre pintor zipaquireño. El telegrama decía: ”Para el artista la muerte es una nueva vida. Comparto tu dolor”. Hoy Berenice, feliz, quiere seguir recordando sus días junto al Nobel: “Yo estudiaba comercio en la Academia Remington Camargo de Bogotá y viajaba los viernes a Zipaquirá.
Gabito visitaba a mi mamá y adivinaba que yo llegaría antes del viernes, entonces le decía: María Velacha, siento que Bereca va a venir hoy y así sucedía. El adivinaba, me presentía. ¡Qué mujer no se iba a sentir halagada con eso! De verdad, fue una época inolvidable. Salíamos a caminar con ”la Manquita” González, me hacía la visita en la sala de la casa o si no desde la ventana. Y desde esa ventana que hoy quisiera tener puesta en esta casa de Pasadena, él me dijo algo que jamás voy a olvidar:
“En esta misma ventana donde me diste tu adiós,
vi que se daban la mano las mismas sombras que antaño
se miraron tras las rejas, se contaron sus tristezas y se dijeron adiós”.
“Son muchos recuerdos”, suspira Berenice. Y de pronto saca un libro y guarda silencio. Es Platero y yo. Se pone seria. Abre el libro en la primera página y una sonrisa infantil le ilumina el rostro: “Bereca: para que se acuerde del amor cada vez que asome su alma a este detenido río de belleza”, reza la dedicatoria sobre una firma: Gabriel. Atropellada por un remolino de recuerdos que hacía más de cinco décadas no removía, Berenice sigue: “Y cuando Gabito se graduó… Yo fui de madrina a recibir el cartón de bachiller, acompañando a una señora que no sé si era familiar de él”.
Y empieza entonces a desgranarse esa galería de amigos de los cuatro años zipaquireños del Nobel. El médico Alvaro Ruiz, gran amigo del colegio, hoy esperando, como si de un personaje del realismo mágico se tratara, que la muerte le gane la partida, recuerda: “Esa señora de la que habla la novia de Gabo se llama Luisa María Torres de Ruiz. Era mi mamá. Un día Gabriel me dijo: ‘Alvaro Ruiz, ¿será un abuso pedirle a tu mamá que reciba mi diploma?’. Y yo le dije: ‘Es un honor’. Y al día siguiente del grado nos abrazamos y se fue. Era un hasta pronto que ya casi cumple 56 años. Mi sueño antes de morir es volver a ver a Gabo”.
El mismo anhelo lo tuvo “la Manca” González, pero ella no pudo esperar tanto tiempo. Cecilia González Pizano, la formidable manca que se burlaba de su prótesis y la vida con la misma genialidad, no fue sólo la cómplice del noviazgo de García Márquez y Berenice, fue una gran intelectual que de Zipaquirá llegó a los exigentes tertuliaderos de Bogotá para hablar con los Zalamea y los de Greiff, y fue también una suerte de hada madrina que protegió al Nobel en la época más difícil de su vida. Su amiga Elvira Aráoz, quien vive en Tunja, cuenta: “Era encantadora, cariñosa, de excelente humor, franca, independiente, moderna y tradicionalista a la vez, tenía una personalidad cautivadora.
Ella relacionó a Gabo con algunos intelectuales de Bogotá”. El ingeniero Jaime Bravo, otro de los compañeros cercanos de García Márquez en el Liceo, anota: “Tenía cuatro años más que Gabriel, había estudiado Bellas Artes en la Universidad Nacional, era pintora, poeta, escribía, recitaba, tocaba piano y bordaba”. El doctor Alvaro Ruiz también la evoca: “En el Liceo la queríamos mucho, iba y hacíamos debates y recitábamos. Asistía a las clases del profesor Calderón y se sentaba en el mismo pupitre con Gabriel, o conmigo. Daba clases de piano y de pintura. Hacía unas tertulias famosas en su casa con intelectuales de Bogotá. Se codeaba con ellos”.
Era “la Manca”, la protectora de un García Márquez adolescente e inexperto. Adelita González, su prima, la recuerda: “‘la Manquita’ le ayudó a García Márquez hasta en su amistad con Berenice. A ella la persiguió el uno: Vino al mundo el 31 de mayo de 1923, fue la única mujer y nació con una sola mano. Cecilia se mofaba de su defecto físico cuando se quitaba la prótesis y el guante que la cubría”. Caminando por la Quinta Avenida de Nueva York, donde vivía, “la Manca” González murió de un ataque al corazón.
El colegio de García Márquez
El lunes 8 de marzo de 1943, la noticia nacional fue la declinación del doctor Eduardo Santos a su postulación como candidato a la Cámara de Representantes, hecha por la Dirección Nacional Liberal. En lo internacional, la segunda guerra mundial: en el frente asiático, las tropas japonesas que avanzaban hacia Nanpangho sufrieron más de 2.000 bajas.
A unos 14.380 kilómetros de allí, ese mismo día, en una casona colonial de grandes balcones cargados de geranios, que ocupa media manzana, a dos cuadras del parque principal, en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá donde convivían estudiantes acomodados y jóvenes pobres de provincia, se vivía otro cuento.
La noticia del día era la matrícula de un interno para tercero de bachillerato un mes después de iniciado el año escolar. “Ese hecho se salía de lo normal. Nosotros vivíamos desconectados, no sabíamos de la gran guerra o de las elecciones. Lo único que podíamos leer era un periódico literario que salía a veces”, recuerda Orlando Pión, uno de los sorprendidos con la llegada de un muchacho costeño a su clase.
El 9 de diciembre de 1946 se graduó la promoción de bachilleres en la que García Márquez se destacó. La foto para la historia. Foto: Archivo particular.
Al recién llegado, un muchacho delgado y de abundante cabellera, como a todos en Zipaquirá, le pusieron apodo sin demora: ”Peluca”. Tenía 16 años y dos días. Le asignaron una cama libre del “dormitorio grande” para 60 internos, al final de un corredor de tablas que crujían al caminar en la noche.
Uno de sus compañeros, hoy médico, “el Negro” Humberto Guillén, vecino de cama, le ayudó a subir el colchón y el baúl con que llegó, tal vez acompañado de Eliécer Torres Araújo, quien figuró en la matrícula de García Márquez como acudiente y no, como dicen algunos historiadores, “de la mano de su abuela materna Tranquilina Iguarán”, quien seguía en Aracataca esperando una ceguera que avanzaba en la oscuridad. La dirección de Torres, en Bogotá, coincide con la de la pensión que habitó el joven García Márquez cuando llegó a la capital. Torres era o el dueño de la pensión o uno de sus huéspedes.
Torres firmó la matrícula de José Gabriel García Márquez para tercero de bachillerato, sentada ese 8 de marzo. Fue la matrícula No. 182, aunque se afirma que él llegó a Zipaquirá en 1940 e hizo todo su bachillerato allí. No es cierto. Cursó sólo de tercero a sexto entre 1943 y 1946. Hizo primero y segundo en el Colegio San José de Barranquilla, según los añejos archivos del Liceo de Zipaquirá.
La matrícula 168, del 15 de febrero de 1944, consigna:
“Becado por Resolución 309, para cuarto de bachillerato. Edad del estudiante, comprobada conforme a la ley, 17 años”, lo que aclara la confusión de algunos biógrafos sobre el año de nacimiento de García Márquez, que es 1927 y no 1928. En este registro se percibe un cambio sobre el del año anterior: no figura como acudiente Eliécer Torres, sino Sara Lora, jefe de telégrafos de Zipaquirá. Es lógico deducir que el famoso telegrafista de Aracataca, Gabriel Eligio García, logró el favor de su colega para fungir como acudiente de su hijo.
García Márquez recibió su primera clase en un salón de gruesas paredes pintadas de blanco y con ventanas verde oscuro, desde las que se veían otras construcciones de estilo español, con vistosos zócalos, y al frente, la casa de “la Manca” González. “Por esas ventanas nos volábamos con Gabriel, descendiendo por un larguero de sábanas amarradas a manera de cuerda, que recogía un amigo. Volvíamos a la madrugada y subíamos por la ventana que daba a la pieza de `Riveritos´, el portero que nos alcahueteaba”, cuenta el ingeniero Jaime Bravo.
Estudiando con Gabo
“Al terminar su primera clase, lo esperé a la salida del salón. Tenía puesta una camisa blanca y un pantalón delgado”, cuenta el doctor Alvaro Ruiz Torres, quien no sólo lo acompañaba a las tertulias con “la Manca” González, sino que se convirtió en el confidente del Nobel y lo ayudaba a planear estrategias para conquistar a Berenice. “Fui el primero en ofrecerle mi amistad. Me presenté, le di la bienvenida y le expliqué algunas cosas sobre el colegio. Estaba decaído porque el frío le maltrataba”.
Porque el cambio en la vida de Gabo no era como pasar de Aracataca a Barranquilla. Pasó de 30 grados de temperatura a 13 en el día, y a veces 2 ó 3 en la madrugada. Dejó su familia a 913 kilómetros de distancia, al nivel del mar, y subió a 2.652 metros de altura. Cambió el sancocho de bocachico por el ajiaco; su mundo de vegetación exótica por un paisaje de tardes grises; su comunidad descomplicada por una de gente seria y grave; canjeó una regadera cálida por un baño de baldosas yertas que a las seis de la mañana surtía agua exclusivamente helada.
Cambió vallenatos y porros por pasillos y por los conciertos dominicales de música clásica en la plaza principal, dirigidos por el famoso maestro Guillermo Quevedo Z, a los que los zipaquireños iban luciendo sus mejores galas. Gustavo Pedraza Rodríguez, compañero de tragos y tareas del bachillerato, cuenta: “Un día Gabriel estaba extasiado viendo cómo dirigía el maestro Quevedo su banda sinfónica y `lo desperté´ al hablarle en voz alta. Con razón me dio una reprimenda. Ga­briel lo admiraba mucho”.
“Casi todos los internos eran costeños y muy unidos”, sigue Pedraza. “Había como una se­pa­­­ración marcada con los externos. Los mejores amigos de Gabo en Zipaquirá fueron Cecilia González, Alfredo García Romero, los her­­manos Ricardo y Carlos González Ripol, `el Loco’ Rubio y José Palencia”. Este último, coterrá­neo suyo, tenía dinero y se convirtió en su mecenas. Se daba el lujo de pagar una buena habitación, donde a veces se quedaba García Márquez y donde sus amigos solían ir a tomarse unos tragos”.
Las notas de García Márquez. Foto: Archivo particular.
El profesor Calderón Hermida
Alvaro Ruiz, “la Manca” González, Berenice, José Palencia y todos los compañeros de adolescencia de García Márquez lo fueron empujando de alguna manera hacia la literatura. Pero un hombre fue definitivo para que el premio Nobel, que por esa época sólo era “Peluca”, tomara la decisión: su profesor de castellano, literatura, historia de la literatura colombiana y española, Carlos Julio Calderón Hermida, un huilense elegante y con corbatín. Héctor, el hijo del profesor Calderón, cuenta: “A él lo querían mucho porque más que un profesor era como un papá. Yo iba a Zipaquirá a acompañarlo y recuerdo que Gabo me llevaba de la mano a casa de ‘la Manca’ González”.
Hasta el día de su muerte, en 1992, el profesor Calderón se sintió orgulloso de su alumno más exitoso, e incluso recordaba las palabras del discurso que pronunció García Márquez en cuarto de bachillerato para despedir a los de sexto. Jorge Fajardo, quien se graduó ese año, aún conserva ese discurso: “Declaro a este grupo de jóvenes con las palabras de Cicerón: ‘Miembros de número de la academia del deber y ciudadanos de la inteligencia’. Honorable auditorio: ha terminado el proceso”.
A García Márquez lo escogían para cada discurso en cada sesión solemne y en las menos solemnes de parranda y trago. Las palabras le fluían sin prepararlas. “Gabriel no tenía libros, no los necesitaba. `Forerito, présteme el libro´, decía. Lo leía una vez y sacaba las mejores notas”, recuerda el médico Hernando Forero, otro de sus compañeros de estudios. Y esas notas aún se encuentran en los archivos del Liceo. En sexto: Literatura 5; Inglés 5; Religión 5; Filosofía 5; Historia 4.9; Física 4.9; Química 4.8, Francés 4.7 y Educación Física 4.
En cuatro años sólo perdió una materia, álgebra, en tercero. En dibujo sacaba 5: ”Pintaba muy bien, hizo un mosaico alterno al de grado, con caricaturas estupendas de alumnos y profesores. Si hubiera seguido dibujando, hoy también sería un famoso caricaturista”, asegura Jaime Bravo. Y dice: ”Subíamos a las salinas con Gabriel, `el Loco´ Ru­bio, Alfredo `Memuerdo’ García y otros amigos, a jugar montándonos irresponsablemente en las góndolas donde transportaban las rocas de sal, afrontando serios peligros. Recuerdo también que Gabriel a veces nos salvaba, porque nos ayudaba a hacer las tareas”.
Según Forero Caballero, “recién llegado García Márquez tuvo pesadillas y gritaba. Entonces lo pasaron a un dormitorio pequeño. Una noche el profesor Ocampo, que dormía ahí, llegó tarde y tomado. Gabriel se levantó y `lo encuelló´, quién sabe soñando qué. Hasta que prendieron la luz y se despertó. El internado para él fue cruel, lejos de su familia con costumbres tan distintas y en semejante frío. Imagínese que nos levantábamos a las cinco y media, tendíamos la cama, a las seis nos duchábamos con agua helada y después estudiábamos.
Tuvimos dos rectores, Carlos Martín, poeta de Piedra y Cielo, y Alejandro Ramos, quien era muy estricto y nos revisaba las uñas, las manos y el calzado. Después seguía el desayuno, y clases de 8 a 12 y de 2 a 6. Martín influyó mucho en Gabriel”. A propósito de influencias, se dice que había varios profesores comunistas en Zipaquirá. Uno de los dos que aún viven, Héctor Figueroa, quien le dictó inglés, reconoce: “Sí, varios teníamos ideas de avanzada y Gabo fue un alumno aventajado en teorías marxistas”.
Años después de que terminara bachillerato, el mosaico de grado de la promoción de García Márquez se perdió. Dos compañeros de Gabo aseguran que cuando llegaron los Hermanos de La Salle al Liceo lo hicieron quemar porque en él figuraban muchos comunistas. Otros dicen que lo que pasó fue que en la remodelación del colegio se cayó y se volvió pedazos.
El médico Alvaro Ruiz, quien sale a la derecha de García Márquez en el mosaico, y aún espera una visita de su antiguo amigo, no deja de recordar anécdotas, pero calla otras “que nunca sabrá nadie porque le pertenecen a Gabriel. Le hice la promesa de guardar sus secretos de estudiante y me los llevaré a la tumba”. Y cuenta: ”Un día fuimos a Talauta, cerca de Pacho, con Gabo y José Palencia.
Bajamos naranjas de un árbol y nos pescó un vigilante que me apuntó con su revólver, Gabriel, del susto, se hizo detrás de mí, pero no pasó nada. En dos hechos percibí toda su sensibilidad. En 1943 perdió el año nuestro compañero Hernando Bulla y él lo sintió como si hubiera sido su propio drama. Y sufrió mucho con la muerte del ‘pastusito’ Henríquez quien, cuando regresaba con otros amigos de nadar en el río Susaguá, se tiró de pronto al pasto, cerca de la carrilera y murió de una afección cardiaca”.
Una condecoración lo espera
Todo esto fue hace 55 años, sin premio Nobel, sin tantos años de soledad en Zipaquirá y en el mundo, sin tantas memorias que escribir. Fueron los años de la amistad adolescente, de su primera novia y sus primeros versos. “Días de literatura, justicia social y poesía con Gabriel, cuando caminábamos en el patio, o en el comedor. Gabo firmaba con el seudónimo de `Javier Garcés´ y leía sus versos. Me repetía varias veces: “Alvaro Ruiz, ¿por qué no escribimos un libro y nos volvemos famosos, como Cervantes?”.
Y después de tantos años, una condecoración espera a Gabo en el cajón de un mueble del Palacio Municipal de Zipaquirá, ciudad a la que no ha vuelto, pero que vive orgullosa de haber compensado el frío que tanto lo hizo sufrir, con la calidez de quienes acogieron al inmortal Gabo: su primera novia, el profesor que lo impulsó a la literatura, la artista que respaldó su energía intelectual, los amigos que le abrieron el alma y el Liceo donde forjó sus sueños de gloria.

De Barranquilla a Ciénaga

Navengando la historia. En la primera mitad del siglo XX el servicio entre Barranquilla y Ciénaga era prestado por lanchas que partían del malecón Rodrigo de Bastidas, en la Intendencia fluvial, en horas nocturnas. Cruzaban, ronroneando pesadamente el motor, en un periplo de 8 horas pletórico de mosquitos, por un universo acuático de caños, esteros, ríos y ciénagas, arribando cuando clareaba el día a los muelles cienagueros, donde aguardaba el ferrocarril con sus pitidos largos de partida.

En 1956 se iniciaron las obras de construcción de la carretera entre Ciénaga y la ribera oriental del Río Magdalena (hoy Palermo), las cuales culminaron en 1960 dejando atrás las jornadas nocturnas de navegación. La nueva vía, con un trazado no precisamente técnico, taponaba corrientes de aguas con la consecuente mortandad posterior de la flora y la fauna, pero por lo menos suponía como ventaja un acortamiento sustancial del viaje, reduciéndolo a dos horas, con el agravante del trasbordo en el Río de los vehículos hacia su destino en Barranquilla. Fue allí donde apareció la solución de los ferries.

La empresa inicial que prestó este servicio de transporte fluvial fue la Marchena. Tenía unos pequeños ferries con un atracadero en el Terminal de Barranquilla, en el extremo de la dársena sur. Desde allí cruzaban el Magdalena hasta un muelle ubicado al interior del caño Clarín, en Los Cocos. Posteriormente, el Ministerio de Obras Publicas, a través de los Ferrocarriles Nacionales, ingresa a prestar el servicio con los ferries Magdalena, de 400 toneladas; Caribe, de 616; Atlántico, de 520, a los que se sumaría el Marchena, de 250.

Gabriel García Marquez su historia

Mi nombre es Gabriel José de la Concordia García Márquez, aun cuando el mundo de la literatura me recuerda más comúnmente como Gabriel García Márquez, y aquellos que me quieren como el Gabo, apodo que se popularizó en conjunto con la fama de mis novelas y el Nobel de Literatura que recibió mi célebre novela Cien Años de Soledad, aun cuando a mí siempre me pareció mucho mejor mi novela El Amor en los tiempos del Cólera, donde cuento cómo se conocieron mis padres.

Primeros años

Nací en el pueblo costero Aracataca, en el departamento del Magdalena, en Colombia, el 6 de marzo de 1927, convirtiéndome así en el hijo de Gabriel Eligio García, telegrafista llegado a Aracataca, y Luisa Márquez, hija del coronel liberal Nicolás Ricardo Márquez Mejía, militar liberal en quien años después me inspiré para escribir el personaje del general Aureliano Buendía.
Cuando vivía mis primeros años, mi padre decidió cambiar de profesión, convirtiéndose en farmaceuta, razón por la cual se mudó en enero de 1929 a la ciudad de Barranquilla con mi madre. Por mi parte, yo permanecí bajo el cuidado de mi abuelo Nicolás y mi abuela Tranquilina Iguarán Cortés, a quien yo llamaba “mina” y que llenó mi imaginación con historias de supersticiones, fantasmas e historias fantásticas, convirtiéndose en mi primera influencia literaria, y en semilla de lo que me haría nacer al Realismo Mágico, pues combinaba la realidad con la fantasía de una forma tan natural y fehaciente que no cabía duda de lo que estaba contando.
No obstante, cuando cumplí ocho años, el abuelo murió, y la ceguera se había adueñado de los ojos de mi abuela mina. Así que me mudé a Sucre, con mis padres.  Allí cursé algunos años de educación, antes de ser enviado a un internado en Barranquilla. En esos años, descubrí mi amor por las letras y la comedia, aun cuando era identificado como un chico tímido.
En 1940 me estrené como poeta, publicando algunos versos en la revista escolar del Colegio San José, el cual era dirigido por los jesuitas. Así mismo, me gané una beca, por parte del Gobierno, recibiendo de premio ser enviado a un liceo en Bogotá. No obstante, por modificaciones estratégicas, terminé en Zipaquirá, un pueblo a una hora de Bogotá, donde hacía mucho frío y en donde cursé mis estudios secundarios en el Liceo Nacional de Zipaquirá.

Oficio de periodista

A pesar de todo, logré destacar en varias disciplinas deportivas, como por ejemplo el béisbol, el atletismo y el fútbol. Finalmente, en 1947, me gradúe como bachiller, y a pesar de querer regresar a la costa, permanecí en Bogotá, donde ingresé a estudiar Derecho, en la Universidad Nacional de Colombia. Fueron años de mucha lectura y escritura, y aun cuando en ese momento ya sabía que quería dedicarme a escribir y hacer periodismo, decidí permanecer en la Universidad para complacer a mi padre. Sin embargo, no desistí en mi vocación, y el 13 de septiembre de 1947 publiqué mi primer cuento en el diario El Espectador, el cual titulé La tercera resignación.
Sin embargo, el destino haría que no terminara esa carrera, pues los disturbios del Bogotazo, ocurridos en 1948, a raíz del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, llevarían al cierre indefinido de la Universidad, y hasta al incendio de la pensión donde vivía. Decidí regresar a Cartagena, en donde ingresé a la Universidad de Cartagena, para continuar con la misión de convertirme en abogado. Al mismo tiempo, tuve la oportunidad de conseguir un cargo de reportero en el periódico El Universal.
A los dos años no había remedio, mi pasión era el periodismo, así que en 1950 le dije adiós a los estudios de Derecho y me centré en el oficio de periodista. Por consiguiente, me mudé a Barranquilla, ciudad donde obtuve un puesto como columnista en El Heraldo.  Así mismo, ocho años después de arduo trabajo, decidí que era hora de casarme, así que contraje nupcias con Mercedes Barcha, a quien había conocido en un baile de estudiantes, en aquellos años en los que visitaba a mis padres en Sucre, cuando tenía trece años.
Un año después, Mercedes y yo tuvimos la dicha de convertirnos en padres, trayendo al mundo a Rodrigo García Márquez. En 1961 decidimos como familia mudarnos a Nueva York, donde empecé a ejercer como corresponsal de la agencia cubana de noticias Prensa Latina, no obstante las presiones y amenazas de los sectores enemigos de la Revolución Cubana me hicieron desistir, y preferí partir con mi familia a México. En 1964 nació mi segundo hijo, Gonzalo. Desde entonces me enamoré de Ciudad de México, donde decidí vivir siempre, y escribí las historias de mayor relieve en mi carrera.

Triunfo como escritor

En este aspecto, la verdadera fama como escritor cayó sobre mí luego de la publicación de Cien Años de Soledad, la cual fue publicada por primera vez en 1967, convirtiéndose en un verdadero fenómeno en ventas, lo cual cambió mi vida para siempre. Sin embargo, más allá de los premios y las entrevistas, yo quería seguir escribiendo. También tuve que soportar el título de subversivo, debido a mi relación de amistad con Fidel Castro, teniendo como consecuencia que me negaran durante años la visa a Estados Unidos, hasta que el presidente Bill Clinton, quien aseguraba que Cien Años de Soledad era su novela favorita retiro la prohibición.
En 1981, regresé a Colombia y tuve que huir, pues el presidente de Julio César Turbay me acusaba de financiar el grupo guerrillero M-19, por lo que tuve que exiliarme a México. Un año después me fui galardonado con el Premio Nobel de Literatura, por Cien Años de Soledad, aumentando aún más la fama de esta historia, la cual pasó a ser por antonomasia modelo del Realismo Mágico, como los críticos bautizaron a esa forma de escribir que conjugaba verdad y fantasía. Los años siguientes los pasé escribiendo y alternando el paisaje entre México, La Habana y Cartagena de Indias.
Dentro de mi obra literaria más destacada, se encontraba Los funerales de la Mamá Grande (1962), La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961), Relato de un náufrago (1970), Ojos de Perro Azul (1972), El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985), El general en su laberinto (1989), Del amor y otros demonios (1994), Doce cuentos peregrinos (1992), Vivir para contarla, entre otras. No obstante, mi favorita –como siempre lo mantuve ante la prensa- es El amor en los tiempos del cólera.  

Muerte de Gabriel García Márquez

En el año 1999, este célebre escritor fue diagnosticado con un cáncer linfático. Después de un tratamiento intenso logró vencer esta enfermedad. Se dedicó de lleno a la escritura, pensando que el tiempo no le alcanzaría. Luego de quince años, en 2014, tuvo una recaída, descubriendo que el cáncer se había extendido a otros órganos. Finalmente, el 17 de abril de 2014, Gabriel García Márquez falleció en su residencia en México. En su patria natal, el presidente colombiano Juan Manuel Santos decretó tres días de duelo, así mismo en todas las latitudes se hicieron homenajes al hombre que contó al mundo la saga de la familia Buendía y su condena a Cien Años de Soledad.
Imagen: biografiasyvidas.com

Otro ejemplo a manera de biografía corta

Gabriel García Márquez es, de lejos, uno de los escritores más importantes de la literatura universal de todos los tiempos y, algunos expertos lo sitúan como el segundo escritor más importante de la lengua española luego de Miguel de Cervantes Saavedra.
Hola amigos, mi nombre es Gabriel García Márquez, aunque mis amigos me dicen Gabo o Gabito, y mi nombre completo es Gabriel José de la Concordia. Nací el día 6 de marzo de 1927 en el municipio de Aracataca, Colombia.
Soy hijo de Gabriel Eligio García y de Luisa Santiaga Márquez y desde muy niño ya tenía pasión por la escritura. Estudié en el colegio San José donde haría mis primeros escritos y poemas. Terminé mi secundaria en la ciudad de Zipaquirá y luego me trasladé a Bogotá para emprender mis estudios en Derecho, más por complacer a mi padre que por gusto propio. Me matriculé en la Universidad Nacional de Colombia y mi pasión por la escritura crecía.
Me motivaban especialmente los relatos fantásticos de mi abuela en la que intervenían muchos personajes realizando acciones inesperadas. Para aquella época corría el año de 1947 y, para entonces, publicaría mi primer cuento, al que llamé La tercera resignación. Este cuento fue publicado en el periódico El espectador, de Bogotá. Posteriormente publicaría Hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba, entre otros.
En el año de 1958 me casé con Mercedes Barcha, el gran amor de mi vida y con quien tuve a mis hijos Rodrigo y Gonzalo. Posteriormente me trasladaría con Mercedes y Rodrigo a New York, donde me comenzaría a desempeñar como corresponsal de prensa. Esos serían los primeros pasos de una larga carrera dedicada al periodismo.
Posteriormente me instalé en la ciudad de México y allí fue donde escribí Cien años de soledad, misma que se publicó en el año de 1967. Lejos estaba yo de imaginar el fenómeno que causaría esta obra. Este fue el inicio de innumerables premios. Sin duda, mi vida había cambiado y haría amistad con personajes notables, entre ellos cabe resaltar a mi gran amigo Fidel Castro, con quien también tenía afinidad no sólo como persona, sino con su ideología política.
Luego escribí otras obras que también lograron gran impacto como Ojos de perro azul y El otoño del patriarca. Luego, en el año de 1982 ocurriría un gran acontecimiento en mi vida y que seguro muchos de ustedes conocen. Cómo olvidar ese 21 de octubre de 1982, el día en el que recibí el Premio Nobel de Literatura por mi libro Cien años de soledad… fue uno de los días más felices de mi vida.
Esa fue la cima de mi carrera, aunque no por ello dejé de escribir. Obras posteriores a dicha fecha son El amor en los tiempos del cólera, El general en su laberinto, Doce cuentos peregrinos, y Del amor y otros demonios, entre varias obras más.
Más recientemente he publicado Yo no vengo a decir un discurso, publicada en 2010.
Por lo demás les puedo contar que me encuentro radicado en la ciudad de México y que aún surgen ideas en mi mente para crear nuevas obras, que el amor por las letras no cesa, que es irremediable, que no podría dejarlas ni aún cuando fuera condenado a cien años de soledad.