martes, 6 de marzo de 2018

El director de El Espectador, Guillermo Cano

"El director de El Espectador, Guillermo Cano, me llamó por teléfono cuando supo que estaba en la oficina de Álvaro Mutis, cuatro pisos arriba de la suya, en un edificio que acababan de estrenar a unas cinco cuadras de su antigua sede. Yo había llegado la víspera y me disponía a almorzar con un grupo de amigos suyos, pero Guillermo me insistió en que antes pasara a saludarlo. Así fue. Después de los abrazos efusivos de estilo en la capital del buen decir, y algún comentario sobre la noticia del día, me agarró del brazo y me apartó de sus compañeros de redacción. “Óigame una vaina, Gabriel –me dijo con una inocencia insospechable–, ¿por qué no me hace el favorzote de escribirme una notita editorial que me está faltando para cerrar el periódico?” Me indicó con el pulgar y el índice el tamaño de medio vaso de agua, y concluyó: –Así de grande. (Lea: El día en que Guillermo Cano convenció a Gabriel García Márquez para que trabajara en El Espectador)
 
Más divertido que él le pregunté dónde podía sentarme, y me señaló un escritorio vacío con una máquina de escribir de otros tiempos. Me acomodé sin más preguntas, pensando un tema bueno para ellos, y allí permanecí sentado en la misma silla, con el mismo escritorio y la misma máquina, en los dieciocho meses siguientes. (Lea: Así comenzó Gabo en El Espectador)
 
Minutos después de mi llegada salió de la oficina contigua Eduardo Zalamea Borda, el subdirector, absorto en un legajo de papeles. Se espantó al reconocerme. –¡Hombre, don Gabo! –casi gritó, con el nombre que había inventado para mí en Barranquilla como apócope de Gabito, y que sólo él usaba. Pero esta vez se generalizó en la redacción y siguieron usándolo hasta en letras de molde: Gabo. (Lea:  La tercera resignación, primer cuento de Gabo en El Espectador)
 
No recuerdo el tema de la nota que me encargó Guillermo Cano, pero conocía muy bien desde la Universidad Nacional el estilo dinástico de El Espectador. Y en especial el de la sección “Día a día” de la página editorial, que gozaba de un prestigio merecido, y decidí imitarlo con la sangre fría con que Luisa Santiaga se enfrentaba a los demonios de la adversidad. La terminé en media hora, le hice algunas correcciones a mano y se la entregué a Guillermo Cano, que la leyó de pie por encima del arco de sus lentes de miope. Su concentración no parecía sólo suya sino de toda una dinastía de antepasados de cabellos blancos, iniciada por don Fidel Cano, el fundador del periódico en 1887, continuada por su hermano don Luis, consolidada por su hijo don Gabriel, y recibida ya madura en el torrente sanguíneo por su nieto Guillermo, que acababa de asumir la dirección general a los veintitrés años. Igual que lo habrían hecho sus antepasados, hizo algunas revisiones salteadas por varias dudas menores, y terminó con el primer uso práctico y simplificado de mi nuevo nombre: –Muy bien, Gabo. (Lea: El mensaje de Eduardo Zalamea Borda para felicitar al nuevo director de El Espectador)
 
La noche del regreso me había dado cuenta de que Bogotá no volvería a ser la misma para mí mientras sobrevivieran mis recuerdos. Como muchas catástrofes grandes del país, el 9 de abril había trabajado más para el olvido que para la historia. El hotel Granada fue arrasado en su parque centenario y ya empezaba a crecer en su lugar el edificio demasiado nuevo del Banco de la República. Las antiguas calles de nuestros años no parecían de nadie sin los tranvías iluminados, y la esquina del crimen histórico había perdido su grandeza en los espacios ganados por los incendios. “Ahora sí parece una gran ciudad”, dijo asombrado alguien que nos acompañaba. Y acabó de desgarrarme con la frase ritual: –Hay que darle gracias al nueve de abril.  (Lea: Guillermo Cano comenzó a dirigir El Espectador cuando tenía 27 años)
 
En cambio, nunca había estado mejor que en la pensión sin nombre donde me instaló Álvaro Mutis. Una casa embellecida por la desgracia a un lado del parque nacional, donde la primera noche no pude soportar la envidia por mis vecinos de cuarto que hacían el amor como si fuera una guerra feliz. Al día siguiente, cuando los vi salir no podía creer que fueran ellos: una niña escuálida con un vestido de orfanato público y un señor de gran edad, platinado y con dos metros de estatura, que bien podía ser su abuelo. Pensé que me había equivocado, pero ellos mismos se encargaron de confirmármelo todas las noches siguientes con sus muertes a gritos hasta el amanecer.
 
El Espectador publicó mi nota en la página editorial y en el lugar de las buenas. Pasé la mañana en las grandes tiendas comprando ropa que Mutis me imponía con el fragoroso acento inglés que inventaba para divertir a los vendedores. Almorzamos con Gonzalo Mallarino y con otros escritores jóvenes invitados para presentarme en sociedad. No volví a saber nada de Guillermo Cano hasta tres días después, cuando me llamó a la oficina de Mutis. –Oiga Gabo, ¿qué pasó con usted? –me dijo con una severidad mal imitada de director en jefe–. Ayer cerramos atrasados esperando su nota.
 
Bajé a la redacción para conversar con él, y todavía no sé cómo seguí escribiendo notas sin firma todas las tardes durante más de una semana, sin que nadie me hablara de empleo ni de sueldo. En las tertulias de descanso los redactores me trataban como uno de los suyos, y de hecho lo era sin imaginarme hasta qué punto.
 
La sección “Día a día”, nunca firmada, la encabezaba de rutina Guillermo Cano, con una nota política. En un orden establecido por la dirección, iba después la nota con tema libre de Gonzalo González, que además llevaba la sección más inteligente y popular del periódico –“Preguntas y respuestas”–, donde absolvía cualquier duda de los lectores con el seudónimo de Gog, no por Giovanni Papini sino por su propio nombre. A continuación publicaban mis notas, y en muy escasas ocasiones alguna especial de Eduardo Zalamea, que ocupaba a diario el mejor espacio de la página editorial –“La ciudad y el mundo”– con el seudónimo de Ulises, no por Homero –como él solía precisarlo–, sino por James Joyce.
 
Álvaro Mutis debía hacer un viaje de trabajo a Puerto Príncipe por los primeros días del nuevo año, y me invitó a que lo acompañara. Haití era entonces el país de mis sueños después de haber leído El reino de este mundo, de Alejo Carpentier. Aún no le había contestado el 18 de febrero, cuando escribí una nota sobre la reina madre de Inglaterra perdida en la soledad del inmenso palacio de Buckingham. Me llamó la atención que la publicaran en el primer lugar de “Día a día” y se hubiera comentado bien en nuestras oficinas. Esa noche, en una fiesta de pocos en casa del jefe de redacción, José Salgar, Eduardo Zalamea hizo un comentario aún más entusiasta. Algún infidente benévolo me dijo más tarde que esa opinión había disipado las últimas reticencias para que la dirección me hiciera la oferta formal de un empleo fijo.
 
Al día siguiente muy temprano me llamó Álvaro Mutis a su oficina para darme la triste noticia de que estaba cancelado el viaje a Haití. Lo que no me dijo fue que lo había decidido por una conversación casual con Guillermo Cano, en la que éste le pidió de todo corazón que no me llevara a Puerto Príncipe. Álvaro, que tampoco conocía Haití, quiso saber el motivo. “Pues cuando lo conozcas –le dijo Guillermo– vas a entender que ésa es la vaina que más puede gustarle a Gabo en el mundo”. Y remató la tarde con una verónica magistral: –Si Gabo va a Haití no regresará más nunca.
 
Álvaro entendió, canceló el viaje, y me lo hizo saber como una decisión de su empresa. Así que nunca conocí Puerto Príncipe, pero no supe los motivos reales hasta hace muy pocos años, cuando Álvaro me los contó en una más de nuestras interminables memoraciones de abuelos. Guillermo, por su parte, una vez que me tuvo amarrado con un contrato en el periódico, me reiteró durante años que pensara en el gran reportaje de Haití, pero nunca pude ir ni le dije por qué.
 
Jamás se me hubiera pasado por la mente la ilusión de ser redactor de planta de El Espectador. Entendía que publicaran mis cuentos, por la escasez y la pobreza del género en Colombia, pero la redacción diaria en un vespertino era un desafío bien distinto para alguien poco curtido en el periodismo de choque. Con medio siglo de edad, criado en una casa alquilada y en las maquinarias sobrantes de El Tiempo –un periódico rico, poderoso y prepotente–, El Espectador era un modesto vespertino de dieciséis páginas apretujadas, pero sus cinco mil ejemplares mal contados se los arrebataban a los voceadores casi en las puertas de los talleres, y se leían en media hora en los cafés taciturnos de la ciudad vieja. Eduardo Zalamea Borda en persona había declarado a través de la BBC de Londres que era el mejor periódico del mundo. Pero lo más comprometedor no era la declaración misma, sino que casi todos los que lo hacían y muchos de quienes lo leían estaban convencidos de que era cierto. (Lea un perfil de Gabriel Cano Villegas)
 
Debo confesar que el corazón me dio un salto al día siguiente de la cancelación del viaje a Haití, cuando Luis Gabriel Cano, el gerente general, me citó en su despacho. La entrevista, con todo su formalismo, no duró cinco minutos. Luis Gabriel tenía una reputación de hombre hosco, generoso como amigo y tacaño como buen gerente, pero me pareció y siguió pareciéndome siempre muy concreto y cordial. Su propuesta en términos solemnes fue que me quedara en el periódico como redactor de planta para escribir sobre información general, notas de opinión, y cuanto fuera necesario en los atafagos de última hora, con un sueldo mensual de novecientos pesos. Me quedé sin aire. Cuando lo recobré volví a preguntarle cuánto, y me lo repitió letra por letra: novecientos. Fue tanta mi impresión, que unos meses después, hablando de esto en una fiesta, mi querido Luis Gabriel me reveló que había interpretado mi sorpresa como un gesto de rechazo. La última duda la había expresado don Gabriel, por un temor bien fundado: “Está tan flaquito y pálido que se nos puede morir en la oficina”. Así ingresé como redactor de planta en El Espectador, donde consumí la mayor cantidad de papel de mi vida en menos de dos años. (Lea: El día que Gabriel Cano recibió el premio de periodismo María Moors Cabot)
 
Fue una casualidad afortunada. La institución más temible del periódico era don Gabriel Cano, el patriarca, que se constituyó por determinación propia en el inquisidor implacable de la redacción. Leía con su lupa milimétrica hasta la coma menos pensada de la edición diaria, señalaba con tinta roja los tropiezos de cada artículo y exhibía en un tablero los recortes castigados con sus comentarios demoledores. El tablero se impuso desde el primer día como “El Muro de la Infamia”, y no recuerdo un redactor que hubiera escapado a su plumón sangriento.
 
La promoción espectacular de Guillermo Cano como director de El Espectador a los veintitrés años no parecía ser el fruto prematuro de sus méritos personales, sino más bien el cumplimiento de una predestinación que estaba escrita desde antes de su nacimiento. Por eso mi primera sorpresa fue comprobar que era de veras el director, cuando muchos pensábamos desde fuera que no era más que un hijo obediente. Lo que más me llamó la atención fue la rapidez con que reconocía la noticia.
 
A veces tenía que enfrentarse a todos, aun sin muchos argumentos, hasta que lograba convencerlos de su verdad. Era una época en la que el oficio no lo enseñaban en las universidades sino que se aprendía al pie de la vaca, respirando tinta de imprenta, y El Espectador tenía los maestros mejores y de buen corazón pero de mano dura. Guillermo Cano había empezado allí desde las primeras letras, con notas taurinas tan severas y eruditas que su vocación dominante no parecía ser de periodista sino de novillero. Así que la experiencia más dura de su vida debió ser la de verse ascendido de la noche a la mañana, sin escalones intermedios, de estudiante primíparo a maestro mayor. Nadie que no lo conociera de cerca hubiera podido vislumbrar, detrás de sus maneras suaves y un poco evasivas, la terrible determinación de su carácter. Con la misma pasión se empeñó en batallas vastas y peligrosas, sin detenerse jamás ante la certidumbre de que aun detrás de las causas más nobles puede acechar la muerte.
 
No he vuelto a conocer a nadie más refractario a la vida pública, más reacio a los honores personales, más esquivo a los halagos del poder. Era hombre de pocos amigos, pero los pocos eran muy buenos, y yo me sentí uno de ellos desde el primer día. Tal vez contribuyó a eso el hecho de ser uno de los menores en una sala de redacción de veteranos rejugados, lo cual creó entre nosotros dos un sentido de la complicidad que no desfalleció nunca. Lo que esa amistad tuvo de ejemplar fue su capacidad de prevalecer sobre nuestras contradicciones. Los desacuerdos políticos eran muy hondos y lo fueron cada vez más a medida que se descomponía el mundo, pero siempre supimos encontrar un territorio común donde seguir luchando juntos por las causas que nos parecían justas.
 
La sala de redacción era enorme, con escritorios en ambos lados, y en un ambiente presidido por el buen humor y la broma dura. Allí estaba Darío Bautista, una rara especie de contraministro de Hacienda, que desde el primer canto de los gallos se dedicaba a amargarles la aurora a los funcionarios más altos, con las cábalas casi siempre certeras de un porvenir siniestro. Estaba el redactor judicial, Felipe González Toledo, un reportero de nacimiento que muchas veces se adelantó a la investigación oficial en el arte de desbaratar un entuerto y esclarecer un crimen. Guillermo Lanao, que atendía varios ministerios, conservó el secreto de ser niño hasta su más tierna vejez. Rogelio Echavarría, un poeta de los grandes, responsable de la edición matutina, a quien nunca vimos a la luz del día. Mi primo Gonzalo González, con una pierna enyesada por un mal partido de futbol, tenía que estudiar para contestar preguntas sobre todo, y terminó por volverse especialista en todo. A pesar de haber sido en la universidad un futbolista de primera fila, tenía una fe interminable en el estudio teórico de cualquier cosa por encima de la experiencia. La demostración estelar nos la dio en el campeonato de bolos de los periodistas, cuando se dedicó a estudiar en un manual las leyes físicas del juego en vez de practicar como nosotros en las canchas hasta el amanecer, y fue el campeón del año. (Lea: El día que Guillermo Lanao se retiró de El Espectador)
 
Con semejante nómina la sala de redacción era un eterno recreo, siempre sujeto al lema de Darío Bautista o Felipe González Toledo: “El que se emputa se jode”. Todos conocíamos los temas de los otros y ayudábamos hasta donde se pedía o se podía. Era tal la participación común, que casi puede decirse que se trabajaba en voz alta. Pero cuando las cosas se ponían duras no se oía respirar. Desde el único escritorio atravesado en el fondo del salón mandaba José Salgar, que solía recorrer la redacción, informando e informándose de todo, mientras se desfogaba del alma con su terapia de malabarista.
 
Creo que la tarde en que Guillermo Cano me llevó de mesa en mesa a lo largo del salón para presentarme en sociedad, fue la prueba de fuego para mi timidez invencible. Perdí el habla y se me desarticularon las rodillas cuando Darío Bautista bramó sin mirar a nadie con su temible voz de tenor: –¡Llegó el genio! No se me ocurrió nada más que hacer una media vuelta teatral con el brazo tendido hacia todos, y les dije lo menos gracioso que me salió del alma: –Para servir a ustedes.
 
Todavía sufro el impacto de la rechifla general, pero también siento el alivio de los abrazos y las buenas palabras con que cada uno me dio su bienvenida. Desde ese instante fui uno más de aquella comunidad de tigres caritativos, con una amistad y un espíritu de cuerpo que nunca decayó. Toda información que necesitara para una nota, por mínima que fuera, se la solicitaba al redactor correspondiente, y nunca me faltó a su hora.
 
Mi primera lección grande de reportero la recibí de Guillermo Cano y la vivió la redacción en pleno una tarde en que cayó sobre Bogotá un aguacero que la mantuvo en estado de diluvio universal durante tres horas sin tregua. El torrente de aguas revueltas de la avenida Jiménez de Quesada arrastró cuanto encontraba a su paso en la pendiente de los cerros, y dejó en las calles un rastro de catástrofe. Los automóviles de toda clase y el transporte público quedaron paralizados donde los sorprendió la emergencia, y miles de transeúntes se refugiaron a los trompicones en los edificios inundados hasta que no hubo lugar para más. Los redactores del periódico, sorprendidos por el desastre en el momento del cierre, contemplábamos el triste espectáculo desde los ventanales sin saber qué hacer, como niños castigados con las manos en los bolsillos. De pronto, Guillermo Cano pareció despertar de un sueño sin fondo, se volvió hacia la redacción paralizada y gritó: –¡Este aguacero es noticia!
 
Fue una orden no impartida que se cumplió al instante. Los redactores corrimos a nuestros puestos de combate, para conseguir por teléfono los datos atropellados que nos indicaba José Salgar para escribir a pedazos entre todos el reportaje del aguacero del siglo. Las ambulancias y radiopatrullas llamadas para casos urgentes quedaron inmovilizadas por los vehículos embotellados en medio de las calles. Las cañerías domésticas estaban bloqueadas por las aguas y no bastó la totalidad del cuerpo de bomberos para conjurar la emergencia. Barrios enteros debieron ser evacuados a la fuerza por la ruptura de una represa urbana. En otros estallaron las alcantarillas. Las aceras estaban ocupadas por ancianos inválidos, enfermos y niños asfixiados. En medio del caos, cinco propietarios de botes de motor para pescar los fines de semana organizaron un campeonato en la avenida Caracas, la más atafagada de la ciudad. Estos datos recogidos al instante los repartía José Salgar a los redactores, que los elaborábamos para la edición especial improvisada sobre la marcha. Los fotógrafos, ensopados aún con los impermeables, procesaban las fotos en caliente. Poco antes de las cinco, Guillermo Cano escribió la síntesis magistral de uno de los aguaceros más dramáticos de que se tuvo memoria en la ciudad. Cuando escampó por fin, la edición improvisada de El Espectador circuló como todos los días, con apenas una hora de retraso.
 
Mi relación inicial con José Salgar fue la más difícil pero siempre creativa como ninguna otra. Creo que él tenía el problema contrario del mío: siempre andaba tratando de que sus reporteros de planta dieran el do de pecho, mientras yo ansiaba que me pusiera en la onda. Pero mis otros compromisos con el periódico me mantenían atado y ya no me quedaban más horas que las de los domingos. Me parece que Salgar me puso el ojo como reportero, mientras los otros me lo habían puesto para el cine, los comentarios editoriales y los asuntos culturales, porque siempre había sido señalado como cuentista. Pero mi sueño era ser reportero desde los primeros pasos en la costa, y sabía que Salgar era el mejor maestro, pero me cerraba las puertas quizás con la esperanza de que yo las tumbara para entrar a la fuerza. Trabajábamos muy bien, cordiales y dinámicos, y cada vez que le pasaba un material, escrito de acuerdo con Guillermo Cano y aun con Eduardo Zalamea, él lo aprobaba sin reticencias, pero no perdonaba el ritual. Hacía el gesto arduo de descorchar una botella a la fuerza, y me decía más en serio de lo que él mismo parecía creer: –Tuérzale el cuello al cisne.
 
Sin embargo, nunca fue agresivo. Todo lo contrario: un hombre cordial, forjado a fuego vivo, que había subido por la escalera del buen servicio, desde repartir el café en los talleres a los catorce años, hasta convertirse en el jefe de redacción con más autoridad profesional en el país. Creo que él no podía perdonarme que me desperdiciara en malabarismos líricos, en un país donde hacían falta tantos reporteros de choque. Yo pensaba, en cambio, que ningún género de prensa estaba mejor hecho que el reportaje para expresar la vida cotidiana. Sin embargo, hoy sé que la terquedad con que ambos tratábamos de hacerlo fue el mejor aliciente que tuve para cumplir el sueño esquivo de ser reportero".

Zipaquirá Bachillerato de Gabo García Marquez

Zipaquirá es un pequeño pueblo en el central departamento de Cundinamarca y el lugar dondeGabriel García Márquez se empezó a apasionar con la literatura y escritura en prosa, bajo la guía de su profesor, Don Carlos Julio Calderón Hermida entre 1943 y 1946.


García Márquez llegó a Zipaquirá como becario para terminar su bachillerato en el Liceo Nacional, una casona ubicada en el centro de este pueblo que fue fundado en el año 1600, sobre una imponente sabana a 2.650 metros sobre el nivel mar.
El Liceo Nacional de Varones, donde el autor de “Cien años de soledad” vivió como estudiante internado, hasta que se graduó de bachiller en 1946, hoy es el Centro Cultural Casa del Nobel Gabriel García Márquez, un espacio para el arte y para recordar uno de los eslabones en la vida del escritor.
La Casa del Nobel no podía ser otra cosa que un centro de formación artística, como lo sostuvo el subgerente de la institución Luis Enrique Rojas: “Tenemos las escuelas de teatro, música, artes populares, visuales, percusión. Tenemos 50 formadores y estamos atendiendo a mil 500 estudiantes de los diferentes barrios”.
La guía bilingüe Adriana Casanova, una argentina que conoce al detalle los espacios de esta casona colonial, recordó que García Márquez, llegó a Zipaquirá a sus 16 años de edad, con una maleta en la mano que lo acompañó desde el puerto de Barranquilla en el caribe colombiano.
El viaje lo hizo en uno de los barcos a vapor que antaño navegaban por el caudaloso río Magdalena.
García Márquez dejó el puerto de Barranquilla, el más importante sobre el caribe colombiano, a una hora y media de su natal Aracataca, en donde vivió hasta los 10 años de edad.
Más tarde partió hacia Bogotá esa ciudad lejana que para él era “la ciudad donde vivían los poetas”.
La ruta en barcos a vapor fue Barranquilla – La Dorada- Puerto Salgar, luego hizo untransbordo hacia Bogotá, un viaje que realizó en uno de los trenes de los Ferrocarriles de Colombia, en donde se ubicó en una residencia para empezar a buscar dónde terminar sus estudios de bachillerato.
García Márquez dejó atrás su Caribe lleno de historias mágicas, de parranda, de amores furtivos, de sentir la brisa del mar, el calor, la sombra de los árboles de mango, para llegar a la capital que está a 2 mil 600 metros sobre el nivel del mar.
El propio García Márquez en sus memorias recordó: “El tren de Puerto Salgar subía como gateando por las cornisas de rocas en las primeras cuatro horas. En los tramos más empinados se descolgaba para tomar impulso y volvía a intentar el ascenso con un resuello de dragón. A veces era necesario que los pasajeros se bajaran para aligerar el peso y remontar a pie hasta la cornisa siguiente”.
García Márquez –recordó la guía- conoció de casualidad a un pasajero en el barco a vapor “David Arango”, que resultó ser el director de becas en el Colegio San Bartolomé, que era en esa época uno de los mejores en Bogotá.
El director de becas es la persona que le sugiere estudiar como becario en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá y es así como García Márquez “llega en 1943 a Zipaquirá con un colchón y su baúl para formarse académicamente”.
El escritor Germán Castro Caicedo -quien es oriundo de Zipaquirá- escribió el libro “Cuatro de soledad”, que es una investigación que muestra el “eslabón perdido” en la introducción de García Márquez a las artes y en particular a la literatura universal.
“Nadie lo ha dicho, ni lo ha reconocido hasta hoy, que Gabo nació físicamente en Aracataca, pero literariamente en Zipaquirá, ciudad que más parecía un inmenso centro literario, que otra cosa, y en un colegio metido totalmente entre la literatura”, sostuvo Castro Caicedo, en un artículo publicado en enero de 2013.
Para Caicedo, “ Aracataca es un nombre escrito con letras doradas en la literatura mundial, historia que por desinformada no le hizo nunca justicia a Zipaquirá, donde estructuraron al genial escritor y a donde llegó por fortuna para la literatura universal, el lunes 8 de marzo de 1943, dos días después de haber cumplido 16 años de edad”.
En este colegio García Márquez -subrayó Caicedo- fue graduado de “poeta, orador y escritor”, bajo la conducción de su maestro Carlos Julio Calderón Hermida, fundamental en su formación junto al rector de la institución Carlos Martin.
Para García Márquez –apuntó la guía de la Casa del Nobel- el mejor profesor de castellano y literatura “que él hubiera podido tener fue Calderón Hermida y es así como en su libro La Hojarasca en 1955, se lo dedicó con esta frase: “A mi profesor Carlos Julio Calderón Hermida, a quien se le metió esa vaina de que yo fuera escritor”.
En “Vivir para Contarla”, el propio Nobel de Literatura (1982), escribió: “Todo lo que aprendí se lo debo al bachillerato”, una frase que es un verdadero honor para Zipaquirá y el visitante la puede leer en varios espacios del centro cultural.
Dasso Saldivar uno de los biógrafos de García Márquez, también destacó en su obra “El viaje a la semilla”, la importancia que tuvo el Liceo Nacional de Varones, al subrayar: “García Márquez no hubiera sido el escritor que es, sin Zipaquirá”.
El viaje desde el Caribe hasta el frío de los Andes, que hizo refugiar a García Márquez en lecturas orientadas por su profesor Calderón Hermida, fueron esenciales para la inspiración 20 años después de “Cien años de soledad” y todo su “realismo mágico” sintetizado en una sola palabra: Macondo.
Esta historia es la que se conserva en La Casa del Nobel, que abre sus puertas para que el visitante haga un recorrido por los salones y rincones en donde se conserva la huella del Gabo- Bachiller: El viaje por el río Magdalena, el tren, sus lecturas y la vida cotidiana en el Liceo Nacional de Varones.
En esta casona de fachada blanca, con barandas y marcos en azul y rojo en su interior, aparecen las tres mujeres que marcaron la vida de Gabo en Zipaquirá: Berenice Martínez, Consuelo Quevedo y Virginia Lora, a quien le escribió una carta que tituló: “A la niña de los ojos azules”.
En el manuscrito, al lado de las fotografías de sus tres amores de Zipaquirá, se lee: “(…) Ojos juguetones, azules, lejanos y soñadores (…) Mientras tu juegas, yo estoy triste, así te amo con la melancolía de esta esperanza mía”. (NTMX)

lunes, 5 de marzo de 2018

El Mejor Libro de Mario Vargas LLOSA : Como Pez en el Agua

Fernando Savater y Javier Cercas desmontaron ya aquí algunos de los muchos tópicos que hay sobre Mario Vargas Llosa. Pero los tópicos no cesarán, y tampoco dejarán de preguntar al escritor que ganó el Nobel sobre las salpicaduras políticas de la actualidad, por si el hombre responde lo que ya se sabe que va a contestar. Saben que la literatura es su pasión; pues preguntémosle de política, a ver si nos sorprende.
Los tópicos más consistentes, porque pueden generar otros tópicos insólitos, son los que lanzó (aquí también, y en otros medios españoles) el cineasta norteamericano Oliver Stone, que estaba en Madrid presentando su último filme, Wall Street, cuando la Academia sueca entronizaba al autor peruano. Dijo Stone, entre otras cosas, que el último Nobel es reaccionario y católico, y que por eso lo habían galardonado. ¿Reaccionario, católico? No lo es, pero no importa; eso sale en letras de molde y cae como una piedra ante los ojos de los que están esperando leer algo así. Católico, ¡no te lo decía yo! ¡Y además reaccionario!
Es curiosa la coincidencia, pues esos días el Nobel Mario Vargas Llosa había ido en Nueva York a ver esa última película de Oliver Stone. No le había disgustado; al autor de La Fiesta del Chivo le gusta mucho el cine. El otro día le preguntaron en la conferencia de prensa con la que presentó su última novela en Madrid a qué dedica el tiempo libre. A la música, al cine, a los amigos. Eso dijo. En cuanto a la música, se sabe ya que lo más moderno que cultiva es Mahler; y en cuanto al cine, es legendario que le gusta todo, y que es capaz de desplazarse lo que haga falta para ver una película de acción con la que resuelve los nudos en los que lo haya metido la verdad de las mentiras. Y, claro, si estrenan una película de Oliver Stone va a verla, cómo no. Donde no se ve mucho a Vargas Llosa es en misa, así que no sé qué recortes consulta el cineasta.
Cuando a Vargas Llosa le contaron en Nueva York lo que Oliver Stone decía de él, rió de buena gana. Quienes le han leído (sus artículos, sus libros, sus opiniones en las incontables entrevistas que ha dado a lo largo de los años) saben sus juicios acerca de la política, la religión, la literatura, y ahora ya saben, además, qué hace en el tiempo libre. Todo es escritura para él, y así es desde que era un niño. Todo lo demás, hasta el premio, es una añadidura inesperada.
Hay un libro suyo, El pez en el agua, en el que Mario Vargas ofrece dos retratos, el del adolescente que se impuso la literatura como la mayor ambición de su vida y, en los capítulos pares, el hombre que pulió la vocación política hasta que esta le dejó exhausto. Si Oliver Stone y los que buscan en Mario Vargas Llosa la confirmación de sus tópicos leyeran los capítulos impares de El pez en el agua a lo mejor le dejarían tranquilo, escribiendo o diciendo, con una honestidad muchas veces suicida, lo que le da la gana, incapaz de mentir y de mentirse a sí mismo. Pero, claro, hay gente que prefiere no leer para no caerse de sus lugares comunes.

Adiós Arequipa, hola Cochabamba


Adiós Arequipa, hola Cochabamba

El primer año de Mario Vargas Llosa fue una pesadilla para su madre.
"Dorita" fue abandonada en Lima por Ernesto Vargas meses antes de que el hijo de ambos naciera, por lo que volvió sola y embarazada a Arequipa.Las habladurías de aquel entonces eran una condena social muy fuerte. Generó mucha crítica y rechazo, por eso decidieron irse a Bolivia rumbo a Cochabamba", explica Mario Rommel Arce, quien además es autor de un libro sobre Belisario Llosa y Rivero, el primer escritor de la familia Llosa de Arequipa.
En "Como pez en el agua" (1993), las memorias escritas por Vargas Llosa, el autor relata que su mamá casi no salió de la casa de Boulevard Parra durante ese primer año por la condena social contra las madres solteras reinante en aquel entonces.
Así fue como, en 1937, "Dorita" junto a su recién nacido hijo partirían a los valles de Cochabamba, en el centro de Bolivia.


Allí darían alcance a Pedro Llosa, padre de Dora Llosa y abuelo de Mario Vargas Llosa, quien se había trasladado hasta ese país años antes para participar de un proyecto algodonero.

sábado, 24 de febrero de 2018

Faulkner Vargas LLOSA

Es bien sabido que son muchas las generaciones de escritores que han tenido como maestros a Gustave Flaubert y a William Faulkner, entre muchos otros grandes escritores, claro está, que han marcado los cánones de la novela. Vargas Llosa no ha sido la excepción y los reconoce como maestros.
El escritor peruano, desde su juventud, bebió toda la obra de Flaubert y de Faulkner, incluyendo cartas y todo lo que salió de sus plumas. Mario sabía que en estos dos escritores estaba una gran escuela para lograr hacer alta literatura. Él mismo ha dicho que los leía con papel y lápiz en mano para descubrir los engranajes de esas maravillosas obras.
Flaubert y Faulkner tienen sus novelas dotadas de técnica, estructura y engranajes perfectos con los que hicieron de sus historias obras maestras. Manejaron el punto de vista de sus personajes con una genialidad única.
Toda esa enseñanza es de la que se alimentó Mario. (Estamos hablando de dos influencias importantes en él, no quiere decir que las únicas, claro está). Filtró toda esa escuela a través de sus poros, su trabajo riguroso, sus innumerables lecturas. Fundió lo aprendido con su visión acerca del mundo y la novela. El resultado fue que un escritor de talento había conseguido hacer obras maestras, de genialidad.
No son carreras de caballos. No importa quién es mejor. Cada uno es mejor. Pero en ocasiones tampoco es negativo decirlo: el alumno ha superado a sus maestros. Lo digo con conocimiento de causa. He estudiado y analizado técnicas y estructuras semejantes entre los dos maestros y el alumno Vargas. Mario no los ha copiado. Ha hecho suyo el aprendizaje y lo ha ejecutado a favor de la historia, que en muchas ocasiones funciona mejor que en sus maestros Flaubert y Faulkner. En Vargas Llosa la técnica y las formas están al servicio de la novela como siervas. Cualquier genialidad está en función a que la historia tenga poder de persuasión y todo se funda en una misma cosa, de modo que olvidamos que es ficción lo que estamos leyendo. Claro que Faulkner y Flaubert lo logran también. Lo que quiero decir es que Mario, a mi criterio, lo logra más ampliamente, totalmente. Podría probarlo y explicarlo; desmenuzando específicamente capítulos, técnicas y estructuras, y después viéndolos como lo que son: una totalidad. Con una variación de libros y combinaciones puedo dar muchos ejemplos. Pero me bastan tres obras si tuviera que dar una muestra para analizar e investigar: Madame Bovary, El ruido y la furia, Conversación en La Catedral.
Finalmente, nadie mejor que nadie. Los tres son maestros. Así como no se puede pensar que un aspirante a escritor descarte la lectura de Faulkner y Flaubert, Vargas Llosa desde hace tiempo está entre esos escritores indispensables para los que pretenden hacer gran literatura.   Ahora bien, dicho todo lo anterior, estoy listo para ser fusilado. Pero sé que la historia de la literatura respaldará mi atrevimiento.

La tia julia y el Escribidor

En ese tiempo remoto, yo era muy joven y vivía con mis abuelos en una quinta de paredes blancas de la calle Ocharán, en Miraflores. Estudiaba en San Marcos, Derecho, creo, resignado a ganarme más tarde la vida con una profesión liberal, aunque, en el fondo, me hubiera gustado más llegar a ser un escritor. Tenía un trabajo de título pomposo, sueldo modesto, apropiaciones ilícitas y horario elástico: director de Informaciones de Radio Panamericana. Consistía en recortar las noticias interesantes que aparecían en los diarios y maquillarlas un poco para que se leyeran en los boletines. La redacción a mis órdenes era un muchacho de pelos engomados y amante de las catástrofes llamado Pascual. Había boletines cada hora, de un minuto, salvo los de mediodía y de las nueve, que eran de quince, pero nosotros preparábamos varios a la vez, de modo que yo andaba mucho en la calle, tomando cafecitos en la Colmena, alguna vez en clases, o en las oficinas de Radio Central, más animadas que las de mi trabajo. Las dos estaciones de radio pertenecían al mismo dueño y eran vecinas, en la calle Belén, muy cerca de la Plaza San Martín. No se parecían en nada. Más bien, como esas hermanas de tragedia que han nacido, una, llena de gracias y, la otra, de defectos, se distinguían por sus contrastes. Radio Panamericana ocupaba el segundo piso y la azotea de un edificio flamante, y tenía, en su personal, ambiciones y programación, cierto aire extranjerizante y snob, ínfulas de modernidad, de juventud, de aristocracia. Aunque sus locutores no eran argentinos (habría dicho Pedro Camacho) merecían serlo. Se pasaba mucha música, abundante jazz y rock y una pizca de clásica, sus ondas eran las que primero difundían en Lima los últimos éxitos de Nueva York y de Europa, pero tampoco desdeñaban la música latinoamericana siempre que tuviera un mínimo de sofisticación; la nacional era admitida con cautela y sólo al nivel del vals. Había programas de cierto relente intelectual, Semblanzas del Pasado, Comentarios Internacionales, e incluso en las emisiones frívolas, los Concursos de Preguntas o el Trampolín a la Fama, se notaba un afán de no incurrir en demasiada estupidez o vulgaridad. Una prueba de su inquietud cultural era ese Servicio de Informaciones que Pascual yo alimentábamos, en un altillo de madera construido en la azotea, desde el cual era posible divisar los basurales y las últimas ventanas teatinas de los techos limeños. Se llegaba hasta él por un ascensor cuyas puertas tenían la inquietante costumbre de abrirse antes de tiempo. Radio Central, en cambio, se apretaba en una vieja casa llena de patios y de vericuetos, y bastaba oír a sus locutores desenfadados y abusadores de la jerga, para reconocer su vocación multitudinaria, plebeya, criollísima. Allí se propalaban pocas noticias y allí era reina y señora la música peruana, incluyendo a la andina, y no era infrecuente que los cantantes indios de los coliseos participaran en esas emisiones abiertas al público que congregaban muchedumbres, desde horas antes, a las puertas del local. También estremecían sus ondas, con prodigalidad, la 6 La Tia Julia y el Escribidor Mario Vargas Llosa música tropical, la mexicana, la porteña, y sus programas eran simples, inimaginativos, eficaces: Pedidos Telefónicos, Serenatas de Cumpleaños, Chismografía del Mundo de la Farándula, el Acetato y el Cine. Pero su plato fuerte, repetido y caudaloso, lo que, según todas las encuestas, le aseguraba su enorme sintonía, eran los radioteatros. Pasaban media docena al día, por lo menos, y a mí me divertía mucho espiar a los intérpretes cuando estaban radiándolos: actrices y actores declinantes, hambrientos, desastrados, cuyas voces juveniles, acariciadoras, cristalinas, diferían terriblemente de sus caras viejas, sus bocas amargas y sus ojos cansados. "El día que se instale la televisión en el Perú no les quedará otro camino que el suicidio", pronosticaba Genaro-hijo, señalándolos a través de los cristales del estudio, donde, como en una gran pecera, los libretos en las manos, se los veía formados en torno al micro, dispuestos a empezar el capítulo veinticuatro de "La familia Alvear". Y, en efecto, qué decepción se hubieran llevado esas amas de casa que se enternecían con la voz de Luciano Pando si hubieran visto su cuerpo contrahecho y su mirada estrábica, y qué decepción los jubilados a quienes el cadencioso rumor de Josefina Sánchez despertaba recuerdos, si hubieran conocido su papada, sus bigotes, sus orejas aleteantes, sus várices. Pero la llegada de la televisión al Perú era aún remota y el discreto sustento de la fauna radioteatral parecía por el momento asegurado. Siempre había tenido curiosidad por saber qué plumas manufacturaban esas seriales que entretenían las tardes de mi abuela, esas historias con las que solía darme de oídos donde mi tía Laura, mi tía Olga, mi tía Gaby o en las casas de mis numerosas primas, cuando iba a visitarlas (nuestra familia era bíblica, miraflorina, muy unida), Sospechaba que los radioteatros se importaban, pero me sorprendí al saber que los Genaros no los compraban en México ni en Argentina sino en Cuba. Los producía la CMQ, una suerte de imperio radiotelevisivo gobernado por Goar Mestre, un caballero de pelos plateados al que alguna vez, de paso por Lima, había visto cruzar los pasillos de Radio Panamericana solícitamente escoltado por los dueños y ante la mirada reverencial de todo el mundo. Había oído hablar tanto de la CMQ cubana a locutores, animadores y operadores de la Radio –para los que representaba algo mítico, lo que el Hollywood de la época para los cineastas– que Javier y yo, mientras tomábamos café en el Bransa, alguna vez habíamos dedicado un buen rato a fantasear sobre ese ejército de polígrafos que, allá, en la distante Habana de palmeras, playas paradisíacas, pistoleros y turistas, en las oficinas aire acondicionadas de la ciudadela de Goar Mestre, debían de producir, ocho horas al día, en silentes máquinas de escribir, ese torrente de adulterios, suicidios, pasiones, encuentros, herencias, devociones, casualidades y crímenes que, desde la isla antillana, se esparcía por América Latina, para, cristalizado en las voces de los Lucianos Pandos y las Josefinas Sánchez, ilusionar las tardes de las abuelas, las tías, las primas y los jubilados de cada país. Genaro-hijo compraba (o, más bien, la CMQ vendía) los radioteatros 

Mario y su Tia

POLÉMICA

Novedad editorial

El escándalo que ha perseguido a todas las relaciones de Mario Vargas Llosa

Mario y Julia (en la foto, sentada) se casaron cuando él tenía 19 años y se instalaron en París. La unión duró nueve años y ella le ayudó en su carrera. AFP
Su relación con la tía Julia provocó el enfado familiar. Un libro recuerda la relación más polémica del Nobel
"Hijito, cholito, amor mío, qué te han hecho, qué ha hecho contigo esa mujer, esa vieja, esa abusiva, esa divorciada". Esas fueron las primeras palabras que le dijo a Mario Vargas Llosa su madre, Dora Llosa Ureta, cuando supo que se había casado en secreto con Julia Urquidi Illanes, la hermana de su cuñada. Él tenía 19 años; ella, 29. La historia (o una parte de ella), la contó el propio Vargas Llosa en su novela La tía Julia y el escribidor, en la que apenas alteró hechos y lugares. Sí modificó, en cambio, las edades de ambos, quizá en un intento de agrandar más la diferencia de edad y hacer más creíble la feroz oposición familiar a la primera relación seria del escritor. Porque al muy amplio clan de los Llosa y sobre todo a Ernesto Vargas, padre de Mario, quien le dio una educación muy estricta, lo que les sentó peor no fue el parentesco entre ellos (al fin y al cabo político), sino que ella fuera divorciada y bastante mayor que él.
Se habían conocido en la ciudad boliviana de Cochabamba, cuando el futuro escritor era un niño de nueve años y toda la familia vivía allí con el abuelo, cónsul de la ciudad. Mario era, según Julia, un niño ultramimado y ultraconsentido que nunca fue santo de su devoción. Después estuvieron 10 años sin verse. Hasta que un día de 1955 Mario Vargas Llosa, a la sazón un estudiante de Derecho de 19 años, se topó con ella en casa de sus tíos Lucho y Olga, en Lima. Julia, recién divorciada, se disponía a pasar una temporada con ellos. Era una mujer alta y atractiva, pero ni él reparó especialmente en ella, ni Julia vio en el joven estudiante otra cosa que al niño insoportable de sus recuerdos.
"Así que tú eres el hijito de Dorita, ¿ese chiquito llorón de Cochabamba?", le dijo por todo saludo. La cosa no mejoró durante la comida pero, a los postres, quizá para hacerse perdonar sus bromas, ella sugirió que algún día podrían ir al cine juntos. Casi sin darse cuenta, empezaron estas salidas inocentes que incluían largos paseos y que al principio no significaban nada para ellos. Un día, incluso, Mario olvidó que había quedado con ella, aunque para hacerse perdonar le mandaría un ramo de rosas rojas con una nota que decía: "Rendidas excusas".
Durante un tiempo, y una vez superadas las iniciales reticencias de ella, Mario y Julia disfrutaron de un amor tierno y secreto. Pero que nadie piense en el tópico del muchachito que despierta al amor en brazos de una mujer madura. Ella no era una joven inexperta, es cierto, pero él no era precisamente un niño en el terreno amoroso, y además tenía una cultura literaria tan grande, y una personalidad tan poderosa, que a veces se permitía jugar con Julia al profesor y la alumna, como una suerte de Pigmalión joven. Ella, por su parte, no se cansaba de escuchar hablar a su sobrino y asumió desde el principio que él llevara la voz cantante de la relación que, por otra parte, era casta y pura, como mandaban los cánones de la época y de la sociedad a la que pertenecían.

Descubiertos

Pero todo esto en secreto, porque al principio el suyo fue un romance clandestino, entre otras cosas porque ambos pensaron siempre que tendría fecha de caducidad. Entonces, cuando llevaban dos meses de romance oculto y emocionante, siempre con el temor de ser descubiertos por alguno de sus numerosos tíos o primos, hicieron su aparición los celos (de él) y la primera discusión de enamorados. ¿Qué hacía él con una señora que casi podría ser su madre? Se preguntó él. ¿Qué hacía ella con un hombre de 19 años? Reflexionó Julia.
Tras la pelea, los dos se dieron cuenta de que se querían más de lo que pensaban y siguieron con la relación, seguros ya de sus sentimientos. Y un día, no podía ser de otra manera, la familia los descubrió, y el escándalo fue mayúsculo. La tía Julia, por supuesto, pasó a ser para todos una especie de corruptora de menores y le echaron la culpa de haber provocado la situación, de haber empezado el romance. Los padres de él no podían estar más enfadados, y todos temían especialmente a Ernesto Vargas, que era conocido por su carácter irascible. Entonces a Mario Vargas Llosa se le ocurrió la solución perfecta: casarse a espaldas de la familia. Política de hechos consumados, le dicen. Una vez contrajeran matrimonio, nada ni nadie podría separarles.
El problema es que Mario, que entonces andaba por los 19 años -18 en la novela- era legalmente menor, pues en Perú, como en la España de la época, la mayoría de edad no se alcanzaba hasta los 21 años. A pesar de todo lo consiguieron, tras no pocas peripecias y unas cuantas oraciones de Julia a la beata Melchorita, oriunda del pueblo donde por fin se casaron, Grocio Prado. Nada, sin embargo, sería entonces como lo habían planeado, salvo la anticipada y emotiva noche de bodas.
La madre del futuro escritor reaccionó como hemos visto al principio de este reportaje; en cuanto al padre, llegó a exhibir un revólver y exigió que Julia abandonase Perú. Hizo llegar a su hijo una carta que decía exactamente así: "Mario: doy 48 horas de plazo para que esa mujer abandone el país. Si no lo hace, me encargaré yo, moviendo las influencias que haga falta, de hacerle pagar caro su audacia. En cuanto a ti, quiero que sepas que ando armado, que no permitiré que te burles de mí. Si no obedeces al pie de la letra y esa mujer no sale del país en el plazo indicado, te mataré de cinco balazos como a un perro, en plena calle".
Y Julia partió, claro. El matrimonio estuvo separado físicamente casi dos meses, transcurridos los cuales las cosas se apaciguaron y Mario logró que poco a poco todos aceptaran la relación. No fue fácil: hubo de demostrarle al padre que podía mantener un hogar (llegó a tener hasta siete trabajos a la vez) y además seguir con sus estudios. Todos en la familia tenían muchas expectativas puestas en él, pensaban que estaba destinado a algo grande y no podían consentir que una mujer diera al traste con sus sueños.

Divorcio

No sólo no fue así, sino que ella le ayudó a ser el escritor que siempre quiso ser, como reconocería él más adelante. Su unión duraría nueve años, pero, tanto en la novela La tía Julia y el escribidor como en las memorias que más tarde publicaría el futuro Nobel de literatura, tituladas El pez en el agua, Vargas Llosa se limita a contar cómo fueron esos comienzos y que un día el amor se acabó. El libro Amores contra el tiempo relata todo lo que vino después, para lo cual cuenta, entre otras cosas, con el inestimable testimonio de Julia Urquidi, que publicó su propia versión de los hechos en el libro Lo que Varguitas no dijo y dio varias entrevistas. Porque el matrimonio no se terminó porque ellos se llevaran mal, ni por la diferencia de edad, sino porque apareció una tercera en discordia: Patricia, sobrina de Julia y prima carnal de Mario Vargas Llosa.